viernes, 23 de diciembre de 2011

La fiesta de los hijos - Canción de Navidad de Charles Dickens


                Navidad es la fiesta de los niños. No hace falta ser un genio para comprenderlo, es algo que está ahí: vacaciones - ergo, niños por todas partes -, Viejo Pascuero, regalos, todo conduce a los niños. La literatura no escapa a esta directriz: quise leer algo a tono con las fiestas y – no podía ser de otra manera – di con una historia para niños: Canción de Navidad de Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870).
                El argumento es archiconocido, explotado por el cine comercial de todas las maneras imaginables: Ebenezer Scrooge es un viejo solitario, avaro y amargado que no se alegra con la Navidad. Para esta fecha lo visita el fantasma de su antiguo socio, Jacob Marley, quien está encadenado y le hace una terrible confesión a su antiguo amigo: “No puedo descansar, no puedo detenerme, no puedo morar en ninguna parte…”. Olvidó que “todo espíritu cristiano que trabaje con amor en su reducida esfera, sea esta cual fuere, hallará que su vida mortal es demasiado breve para el bien que hubiese podido hacer”. Marley quiere que Scrooge no caiga en su mismo destino, por lo que le anuncia que recibirá las visitas de tres espíritus más, los espíritus navideños. Lo que sigue en el relato es la contemplación por parte de Scrooge de su propia vida, sus errores y su posterior cambio de vida.
                Es una historia simple, al menos narrativamente. Es breve, la prosa es sencilla, al punto que pareciera que se está escuchando a un cuentacuentos. Y la anécdota, ¿qué tantas lecturas resiste? Todo lo que se llama una alegoría, una fábula, una moraleja. Un perfecto regalo para mis hermanas chicas.
                Pero no es bueno pasar tan rápido, que nos podemos perder nuestro propio regalo. Canción de Navidad, como la Navidad misma, es un clásico. Pasa de generación en generación sin perder su encanto. Por lo mismo es necesario apreciar que el mensaje mismo que se transmite es de una sabiduría ante la que hay que detenerse. Hay menos ingenuidad y superficialidad de la que parece. ¿Qué sabiduría se esconde tras la fiesta de la Navidad? Yo la llamaría la sabiduría de los niños.
                Es una sabiduría que podemos anhelar sin ningún miedo porque Dios mismo se hizo niño. Al leer los relatos del Evangelio según San Lucas sobre el nacimiento del Señor vemos que predomina el espíritu de la alegría: alegría por el regalo de la vida, porque ha nacido un niño, porque María y José son padres, porque entre nosotros  hay un nuevo hijo. Que nadie diga que no se ha alegrado, como un verdadero niño, por cosas tan cotidianas y al mismo tiempo tan profundas como estas.
                Dice el relato bíblico que  María “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue”. Era necesario cuidar al niño, y sus padres le dieron lo mejor que le podían dar. En este gesto de María y de José podemos apreciar el cuidado de Dios para con los pequeños, o dicho en otras palabras pero siempre refiriendo a la misma cosa, el cuidado de los unos hacia los otros. En Navidad reconocemos que todos necesitamos de ese cuidado porque todos fuimos niños, porque nunca dejamos de ser hijos.
                Por eso Navidad es, más que la fiesta de los niños, es la fiesta de los hijos, porque todos , pequeños y grandes, nos reconocemos como hijos. Nadie queda fuera de la alegría y de la misericordia que trae consigo la Navidad.
                Cuando Scrooge le pregunta al primer espíritu navideño el porqué de su visita, la respuesta es contundente: “¡Tu felicidad!” Y cuando Scrooge piensa que podría ser feliz durmiendo plácidamente, el espíritu precisa: “Tu conversión, entonces…”
                Ese es el fin de la visita del niño Jesús, el mismo que de adulto dijo que el que no se hacía como un niño no entraría en el Reino de los Cielos. Unámonos, entonces, al coro de los niños que gritaban en el Templo de Jerusalén: “¡Hosanna al Hijo de David!” porque nos ha nacido la Vida, porque se nos ha revelado que todos somos hijos de un Padre común y por eso estamos alegres.
                ¡Feliz Navidad!

P.D.: Así como las últimas semanas estuve fuera de Santiago, sin notebook ni internet, a partir del 28 de diciembre comienzo un retiro de un mes. Por lo mismo, estaré durante ese tiempo sin escribir en este blog - lo que no quiere decir que deje de escribir en absoluto, obviamente. Nos vemos en febrero.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Sobre la poesía

A mis amigos poetas.

1
                Motivado por mi amigo Jorge Guerra, esta semana leí la única obra de Rainer María Rilke (Praga, 1875 – Val-Mont, Suiza, 1926) que hay en la biblioteca del seminario: Cartas a un joven poeta. Hace un tiempo ya había leído una antología poética de Rilke; había disfrutado mucho con la riqueza conceptual y formal de su poesía. No me sorprendió cuando un profesor mencionó la poesía de Rilke como un antecedente a considerar para la filosofía de Heidegger. Recuerdo que me cautivaron mucho los poemas seleccionados de El libro de las horas, de 1905.
                Como lo dice su título, Cartas a un joven poeta son las cartas que Rilke envió a Franz Xavier Kappus entre 1903 y 1908, cuando el propio Kappus se estaba haciendo sus primeras armas en la poesía. Los consejos de Rilke son muy honestos - una honestidad que ya quisiera para lo que escribo -, vienen al caso en cualquier reflexión estética sobre qué es la poesía. Algunos aspectos subrayados por Rilke son el retraimiento necesario para  la escritura (“nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie”), el lugar vital de la escritura para el poeta (“confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir”), comenzar (d)escribiendo el misterio de la propia vida (“para expresarse, sírvase de las cosas que lo rodean, de las imágenes, de sus sueños, y de los objetos de sus recuerdos”), alejarse de los juicios críticos externos y recorrer el camino que ha elegido con serenidad (“nada puede estorbarlo con mayor violencia que mirar hacia afuera y de allí esperar una respuesta a preguntas que quizá solo su más íntimo sentimiento, en los momentos más silenciosos, puede acaso responder”). Todas estas citas que tienen que ver con lo propio de la obra poética son de la primera carta; en las siguientes se profundiza en esta extensa y profunda materia, qué es la poesía.

2
                Tengo la manía de buscar cosas que se hayan escrito sobre aquello que estoy leyendo, lecturas que puedan iluminar la mía propia. Tras leer a Rilke fui a la historia universal de la literatura de Martín de Ríquer y José María Valverde, que es una joya. Este último autor es quien se hace cargo de Rilke con una actitud que está lejos de ser pontificadora. Se detiene en que la lectura que los alemanes han hecho de Rilke es muy metafísica, conceptual, lo consideran un historiador-profeta (para Valverde, el problema de la literatura alemana desde Lutero es precisamente su densidad conceptual). La lectura que yo mismo había hecho en una primera instancia no era muy distinta. Valverde quiere dejar de lado la lectura conceptual para apreciar al “poeta contemplador, entregado al designio poemático”. Es mejor considerar sus ideas como puntos de partida para su poesía más que por su valor en sí mismas. Rilke es poeta no tanto por su intelecto sino “por la única razón decisiva para serlo, porque acierta a resolver el problema de la elección y reunión de unas palabras que forman en conjunto vivo e independiente del poema, donde la realidad del mundo renace y se patentiza con extraña evidencia”. Para Valverde el valor de la poesía de Rilke no está en ser un poeta “revelador del cosmos y de la vida humana”, está en – siguiendo el “Requiem para un poeta” – ser un servidor del poema.
                La crítica de Valverde a Rilke lleva consigo un arte poética, una propuesta más a la nunca fácil discusión sobre qué es la poesía.             

3
                Existen muchas más reflexiones sobre la poesía y su naturaleza; se esparcen por la historia de la lengua pensamientos sobre el acto poético, ya desde la antigüedad. Así Aristóteles, quien en la Poética ya sostuvo que el poeta, creador de imitaciones, concibe su obra en un arrebato y participa de las emociones que transmite; también Horacio escribió a los Pisones no solo sobre cómo escribir bien sino cuál es el deber del arte: instruir y deleitar. Más cercanos a nosotros hallamos los bellos ensayos de Heidegger y Neruda, Hölderlin y laesencia de la poesía y Hacia la ciudad espléndida, el discurso de aceptación del Nobel por parte del poeta. En el primero Heidegger se sirve de un verso de Hölderlin para afirmar que “la poesía es instauración por la palabra y en la palabra. (…) La poesía es la instauración del ser en la palabra”; en el segundo, tras narrar su paso clandestino por la Cordillera de Los Andes hacia Argentina, Neruda dijo:
                “Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.
                En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo está sostenido - el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía - en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera la poesía los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un río vertiginoso, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad, los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.
                He repasado estos textos con el agrado de ver cómo cada uno aporta un poco a la comprensión del misterio de la poesía. Ser poeta es muchas cosas a la vez: es una actitud frente al lenguaje y frente al mundo, una actitud activa, protagonista, comunicadora, servidora y, claro que sí, muchas veces ascética. En estos y en muchos otros sentidos es posible apreciar por qué Dios es el primer poeta.
                Escribo estas palabras, por supuesto, teniendo a la vista mis fracasos poéticos, tomados estos en su más amplia acepción. Por lo mismo no deja de ser consoladora la retórica de Horacio: “¿Por qué soy saludado como poeta si no puedo ni sé dar a cada asunto la forma y el colorido convenientes?” Personalmente nunca he sido saludado como poeta, pero sí quiero habitar en la palabra junto a tantos grandes amigos, habitar en aquello que sea la poesía.         

P.D.: Escribía estas palabras cuando se dio a conocer el Premio Cervantes para Nicanor Parra. Parra, el destructor y reinventor de la poesía. Poeta para los tiempos de la penuria, como lo llamó Ignacio Valente. El que llamó a la poesía “el paraíso del tonto solemne / hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa”. Seco y franco; quizás por lo mismo, muy poeta.