A mis amigos
poetas.
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Motivado
por mi amigo Jorge Guerra, esta semana leí la única obra de Rainer María Rilke
(Praga, 1875 – Val-Mont, Suiza, 1926) que hay en la biblioteca del seminario: Cartas a un joven poeta. Hace un
tiempo ya había leído una antología poética de Rilke; había disfrutado mucho
con la riqueza conceptual y formal de su poesía. No me sorprendió cuando un
profesor mencionó la poesía de Rilke como un antecedente a considerar para la
filosofía de Heidegger. Recuerdo que me cautivaron mucho los poemas
seleccionados de El libro de las horas,
de 1905.
Como
lo dice su título, Cartas a un joven
poeta son las cartas que Rilke envió a Franz Xavier Kappus entre 1903 y
1908, cuando el propio Kappus se estaba haciendo sus primeras armas en la
poesía. Los consejos de Rilke son muy honestos - una honestidad que ya quisiera
para lo que escribo -, vienen al caso en cualquier reflexión estética sobre qué
es la poesía. Algunos aspectos subrayados por Rilke son el retraimiento
necesario para la escritura (“nadie
puede aconsejarle ni ayudarle, nadie”), el lugar vital de la escritura para el
poeta (“confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que
se le impidiera escribir”), comenzar (d)escribiendo el misterio de la propia
vida (“para expresarse, sírvase de las cosas que lo rodean, de las imágenes, de
sus sueños, y de los objetos de sus recuerdos”), alejarse de los juicios
críticos externos y recorrer el camino que ha elegido con serenidad (“nada
puede estorbarlo con mayor violencia que mirar hacia afuera y de allí esperar
una respuesta a preguntas que quizá solo su más íntimo sentimiento, en los
momentos más silenciosos, puede acaso responder”). Todas estas citas que tienen
que ver con lo propio de la obra poética son de la primera carta; en las
siguientes se profundiza en esta extensa y profunda materia, qué es la poesía.
2
Tengo
la manía de buscar cosas que se hayan escrito sobre aquello que estoy leyendo,
lecturas que puedan iluminar la mía propia. Tras leer a Rilke fui a la historia
universal de la literatura de Martín de Ríquer y José María Valverde, que es
una joya. Este último autor es quien se hace cargo de Rilke con una actitud que
está lejos de ser pontificadora. Se detiene en que la lectura que los alemanes
han hecho de Rilke es muy metafísica, conceptual, lo consideran un
historiador-profeta (para Valverde, el problema de la literatura alemana desde
Lutero es precisamente su densidad conceptual). La lectura que yo mismo había
hecho en una primera instancia no era muy distinta. Valverde quiere dejar de
lado la lectura conceptual para apreciar al “poeta contemplador, entregado al
designio poemático”. Es mejor considerar sus ideas como puntos de partida para
su poesía más que por su valor en sí mismas. Rilke es poeta no tanto por su
intelecto sino “por la única razón decisiva para serlo, porque acierta a
resolver el problema de la elección y reunión de unas palabras que forman en
conjunto vivo e independiente del poema, donde la realidad del mundo renace y
se patentiza con extraña evidencia”. Para Valverde el valor de la poesía de
Rilke no está en ser un poeta “revelador del cosmos y de la vida humana”, está
en – siguiendo el “Requiem para un poeta” – ser un servidor del poema.
La
crítica de Valverde a Rilke lleva consigo un arte poética, una propuesta más a
la nunca fácil discusión sobre qué es la poesía.
3
Existen
muchas más reflexiones sobre la poesía y su naturaleza; se esparcen por la
historia de la lengua pensamientos sobre el acto poético, ya desde la antigüedad.
Así Aristóteles, quien en la Poética ya
sostuvo que el poeta, creador de imitaciones, concibe su obra en un arrebato y
participa de las emociones que transmite; también Horacio escribió a los
Pisones no solo sobre cómo escribir bien sino cuál es el deber del arte:
instruir y deleitar. Más cercanos a nosotros hallamos los bellos ensayos de
Heidegger y Neruda, Hölderlin y laesencia de la poesía y Hacia la ciudad espléndida, el discurso de aceptación del Nobel por parte del poeta. En el primero Heidegger se sirve de un verso de Hölderlin para afirmar
que “la poesía es instauración por la palabra y en la palabra. (…) La poesía es
la instauración del ser en la palabra”; en el segundo, tras narrar su paso
clandestino por la Cordillera de Los Andes hacia Argentina, Neruda dijo:
“Yo no aprendí en los libros
ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni
siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí
alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos
sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y
en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida
he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que
me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí
mismo.
En aquella larga jornada
encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas
las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción
pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la
solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la
intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no
menor fe que todo está sostenido - el hombre y su sombra, el hombre y su
actitud, el hombre y su poesía - en una comunidad cada vez más extensa, en un
ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños,
porque de tal manera la poesía los une y los confunde. Y digo de igual modo que
no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un
río vertiginoso, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel
en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello
salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el
mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé
si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o
eternidad, los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que
canté más tarde”.
He
repasado estos textos con el agrado de ver cómo cada uno aporta un poco a la comprensión
del misterio de la poesía. Ser poeta es muchas cosas a la vez: es una actitud frente
al lenguaje y frente al mundo, una actitud activa, protagonista, comunicadora, servidora
y, claro que sí, muchas veces ascética. En estos y en muchos otros sentidos es
posible apreciar por qué Dios es el primer poeta.
Escribo
estas palabras, por supuesto, teniendo a la vista mis fracasos poéticos, tomados
estos en su más amplia acepción. Por lo mismo no deja de ser consoladora la
retórica de Horacio: “¿Por qué soy saludado como poeta si no puedo ni sé dar a
cada asunto la forma y el colorido convenientes?” Personalmente nunca he sido
saludado como poeta, pero sí quiero habitar en la palabra junto a tantos grandes
amigos, habitar en aquello que sea la poesía.
P.D.: Escribía estas palabras cuando se dio a conocer el
Premio Cervantes para Nicanor Parra. Parra, el destructor y reinventor de la
poesía. Poeta para los tiempos de la penuria, como lo llamó Ignacio Valente. El
que llamó a la poesía “el paraíso del tonto solemne / hasta que vine yo / y me
instalé con mi montaña rusa”. Seco y franco; quizás por lo mismo, muy poeta.
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