sábado, 27 de septiembre de 2014

Leer antes que escribir

                La novela burguesa realista de segunda mitad del siglo XIX por lo general no es un género que fascine a mucha gente, pero no sé por qué a mí como que me edifica. En el último año he tenido la oportunidad de leer dos novelas del español Benito Pérez Galdós, La desheredada y Misericordia. La primera es de 1880, la segunda de 1897. En La desheredada, la protagonista recibe la noticia de que puede ser la heredera de una duquesa, con lo que se inflan sus aires de nobleza y se lanza a vivir una vida de consumo y lujo muy ajena a su condición; como ya a la mitad de la novela ella recibe la noticia de que no es verdad que tenga ascendencia noble, el resto del relato es, por lo mismo, una narración de su patética porfía. En Misericordia el escenario es inverso: hay personajes que el mismo Pérez Galdós describe como “tipos de la burguesía tronada”; es decir, arruinada, pero que hacen lo imposible por ocultar su miseria. En ambas novelas se impone el criterio de la realidad, de la amarga verdad, como dice el prólogo de Rojo y negro. El crítico español Juan Oleza dice que el protagonista de la novela burguesa es el individuo que problematiza con la sociedad y sobre el cual precisamente se impone la realidad.  
                Es verdad que desde este rincón del mundo puede ser empalagoso leer novelas que se esmeran en recrear el español castizo popular, como en Misericordia, pero me parece que en cuanto a la construcción de personajes, leer a Pérez Galdós es una auténtica escuela. En la descripción de los personajes deja de lado la brocha gorda o el bosquejo plano y se esfuerza por conservar los matices, incluso narrando anécdotas contradictorias o difíciles de interpretar. ¿Y quién de nosotros, personajes de la vida real, no es así, contradictorio y difícil de interpretar? 
                Y más que discutir sobre el estilo galdosiano, de lo bien o mal que ha envejecido, hay un denominador común en ambas novelas, que me queda dando vueltas, que es la mirada aguda sobre personajes que viven en la apariencia. Lo más impactante, sin duda, es que las anécdotas de estas novelas sean tan contemporáneas – adjetivo que, dicho sea de paso, el mismo Pérez Galdós daba a parte de sus novelas. Hoy diríamos que los personajes de Pérez Galdós son arribistas o siúticos, que les importa más la imagen que las deudas, que identifican las bendiciones con la bonanza material. Personajes del siglo XXI en novelas del siglo XIX. En este sentido, cómo no recordar el retrato de la ambición burguesa que es Eugenia Grandet de Balzac. Por ello, me atrevo a decir, Pérez Galdós, Balzac y tantos autores de su época poseen una singular vigencia.  
                Parece que no es tan descabellado pensar que entre la disyuntiva de estar al día con lo que se publica o ponerse al día con los clásicos, salimos ganando con la segunda opción. Hoy se publica tanto que ya es difícil tener la panorámica completa y, además, no sabemos qué va a perdurar; en cambio, los clásicos ya perduraron, pasaron el juicio del tiempo y lo hacen en virtud de su permanente lozanía. Desde esta perspectiva recuerdo y comprendo a un profesor que dijo que antes daba a leer una novela de Pérez Galdós y otra de Julián Marías, pero que hoy prefiere dar a leer dos de Pérez Galdós. Puede ser exagerado, es verdad, pero no deja de tener fundamentos. 

                Dan ganas de repetir: no hay nada nuevo bajo al sol. Fue una de las cosas que aprendí cuando fui ayudante de investigación de Patrología, la disciplina que estudia la literatura cristiana de los primeros siglos. En esos textos ya están todos los temas escritos. Todos. Y cuántas veces he escuchado ideas de la filosofía contemporánea muy similares a lo que se puede leer en filósofos medievales – y para qué decir en Platón y Aristóteles. Quizá sea mejor leer, leer mucho antes de hablar y antes de escribir.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Parra, el solemne

            En el marco de las celebraciones por los 100 años de Nicanor Parra, hay un verso que me ha estado dando vueltas. En su famoso poema “La montaña rusa”, afirma que “Durante medio siglo / La poesía fue / El paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / Y me instalé con mi montaña rusa.” Son versos dignos de muchos comentarios; yo simplemente quisiera manifestar que, en lo personal, Nicanor Parra siempre me ha parecido un poeta extraordinariamente solemne. Sólo por citar algunas de las referencias presentes en la obra de Parra: García Lorca, Guzmán Cruchaga, Borges, Shakespeare, Ruben Darío, Vicente Huidobro, Pezoa Véliz, además de nuestra tradición popular, de mucha autoridad entre quienes la conocen y la admiran. Poemas como “Se canta al mar”, “Es olvido”, “Brindis a lo humano y lo divino”, “El hombre imaginario” – que me parece que se volverá en el “poema XV” de Parra – y un largo etcétera se leen hasta el día de hoy con un tono épico, universal, por llevar en sí una experiencia transversal a todo lector. Y eso de que algunos de sus poemas sean versos de salón, sermones o discursos de sobremesa… ¿hay algo más solemne que un discurso de sobremesa? Todos los que hemos escuchado uno sabemos que no hay que estar en presencia de autoridades republicanas para experimentar esa sensación de que los instantes que envuelven el discurso son sagrados, que cada palabra que se pronuncia carga por esa ocasión un significado densísimo, que interrumpir ese momento sería una profanación. No importa que el discurso se diga en el comedor de la casa, con un pollo arvejado a medio terminar; eso es lo parriano (o parte de lo parriano, para ser más justos), la presencia de la solemnidad frente a nuestras narices.
            Es solo una constatación, en ningún caso es una recriminación, porque no se puede ser poeta sin cargar con un aire de solemnidad, palabra tan litúrgica, por lo demás, al igual que muchos de los poemas de Parra que, entre otras voces, asumió la de los sermones de Cristo, en el Elqui, pero sermones al fin y al cabo. Parra descubrió a todos los tontos solemnes, pero en ningún caso abandonó la solemnidad, lo que hizo fue subir la solemnidad a su montaña rusa.
            No tengo dudas, Parra es un poeta solemne, como Neruda, como Huidobro, como Darío, como Teillier, como Hahn. Como todos los clásicos. No tonto solemne, por supuesto; Parra debe ser el más brillante de nuestros poetas. O mejor, el más pillo. Es un pillo solemne.

            Estas celebraciones han demostrado que Nicanor Parra ha pasado a ser un clásico, que es otra manera de referirse a la solemnidad. La antipoesía quiso ser una alternativa a la tradición y pasó a constituir una escuela, la que continuaron Lihn y Lira y Uribe, porque aunque sea mayor, sí leyó a Parra y lo influyó, porque es un clásico, y la escuela seguirá, la continúa mi generación, porque no crecimos leyendo a Neruda o Huidobro o Mistral, sino a Parra, él es nuestro clásico y estamos condenados a escribir como él, solemnemente, al menos hasta que espabilemos, dejemos de ser los nuevos tontos de este siglo y llevemos la solemnidad a otra parte: puede ser al aeropuerto, a la cocina o a dar una vuelta por el paseo Ahumada.