En el marco de las celebraciones por
los 100 años de Nicanor Parra, hay un verso que me ha estado dando vueltas. En
su famoso poema “La montaña rusa”, afirma que “Durante medio siglo / La poesía
fue / El paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / Y me instalé con mi
montaña rusa.” Son versos dignos de muchos comentarios; yo simplemente quisiera
manifestar que, en lo personal, Nicanor Parra siempre me ha parecido un poeta
extraordinariamente solemne. Sólo por citar algunas de las referencias
presentes en la obra de Parra: García Lorca, Guzmán Cruchaga, Borges,
Shakespeare, Ruben Darío, Vicente Huidobro, Pezoa Véliz, además de nuestra
tradición popular, de mucha autoridad entre quienes la conocen y la admiran.
Poemas como “Se canta al mar”, “Es olvido”, “Brindis a lo humano y lo divino”, “El
hombre imaginario” – que me parece que se volverá en el “poema XV” de Parra – y
un largo etcétera se leen hasta el día de hoy con un tono épico, universal, por
llevar en sí una experiencia transversal a todo lector. Y eso de que algunos de
sus poemas sean versos de salón, sermones o discursos de sobremesa… ¿hay algo
más solemne que un discurso de sobremesa? Todos los que hemos escuchado uno
sabemos que no hay que estar en presencia de autoridades republicanas para experimentar
esa sensación de que los instantes que envuelven el discurso son sagrados, que
cada palabra que se pronuncia carga por esa ocasión un significado densísimo,
que interrumpir ese momento sería una profanación. No importa que el discurso
se diga en el comedor de la casa, con un pollo arvejado a medio terminar; eso
es lo parriano (o parte de lo parriano, para ser más justos), la presencia de
la solemnidad frente a nuestras narices.
Es solo una constatación, en ningún
caso es una recriminación, porque no se puede ser poeta sin cargar con un aire
de solemnidad, palabra tan litúrgica, por lo demás, al igual que muchos de los
poemas de Parra que, entre otras voces, asumió la de los sermones de Cristo, en
el Elqui, pero sermones al fin y al cabo. Parra descubrió a todos los tontos
solemnes, pero en ningún caso abandonó la solemnidad, lo que hizo fue subir la
solemnidad a su montaña rusa.
No tengo dudas, Parra es un poeta
solemne, como Neruda, como Huidobro, como Darío, como Teillier, como Hahn. Como
todos los clásicos. No tonto solemne, por supuesto; Parra debe ser el más
brillante de nuestros poetas. O mejor, el más pillo. Es un pillo solemne.
Estas celebraciones han demostrado
que Nicanor Parra ha pasado a ser un clásico, que es otra manera de referirse a
la solemnidad. La antipoesía quiso ser una alternativa a la tradición y pasó a
constituir una escuela, la que continuaron Lihn y Lira y Uribe, porque aunque
sea mayor, sí leyó a Parra y lo influyó, porque es un clásico, y la escuela
seguirá, la continúa mi generación, porque no crecimos leyendo a Neruda o Huidobro
o Mistral, sino a Parra, él es nuestro clásico y estamos condenados a escribir
como él, solemnemente, al menos hasta que espabilemos, dejemos de ser los
nuevos tontos de este siglo y llevemos la solemnidad a otra parte: puede ser al
aeropuerto, a la cocina o a dar una vuelta por el paseo Ahumada.
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