sábado, 20 de septiembre de 2014

Parra, el solemne

            En el marco de las celebraciones por los 100 años de Nicanor Parra, hay un verso que me ha estado dando vueltas. En su famoso poema “La montaña rusa”, afirma que “Durante medio siglo / La poesía fue / El paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / Y me instalé con mi montaña rusa.” Son versos dignos de muchos comentarios; yo simplemente quisiera manifestar que, en lo personal, Nicanor Parra siempre me ha parecido un poeta extraordinariamente solemne. Sólo por citar algunas de las referencias presentes en la obra de Parra: García Lorca, Guzmán Cruchaga, Borges, Shakespeare, Ruben Darío, Vicente Huidobro, Pezoa Véliz, además de nuestra tradición popular, de mucha autoridad entre quienes la conocen y la admiran. Poemas como “Se canta al mar”, “Es olvido”, “Brindis a lo humano y lo divino”, “El hombre imaginario” – que me parece que se volverá en el “poema XV” de Parra – y un largo etcétera se leen hasta el día de hoy con un tono épico, universal, por llevar en sí una experiencia transversal a todo lector. Y eso de que algunos de sus poemas sean versos de salón, sermones o discursos de sobremesa… ¿hay algo más solemne que un discurso de sobremesa? Todos los que hemos escuchado uno sabemos que no hay que estar en presencia de autoridades republicanas para experimentar esa sensación de que los instantes que envuelven el discurso son sagrados, que cada palabra que se pronuncia carga por esa ocasión un significado densísimo, que interrumpir ese momento sería una profanación. No importa que el discurso se diga en el comedor de la casa, con un pollo arvejado a medio terminar; eso es lo parriano (o parte de lo parriano, para ser más justos), la presencia de la solemnidad frente a nuestras narices.
            Es solo una constatación, en ningún caso es una recriminación, porque no se puede ser poeta sin cargar con un aire de solemnidad, palabra tan litúrgica, por lo demás, al igual que muchos de los poemas de Parra que, entre otras voces, asumió la de los sermones de Cristo, en el Elqui, pero sermones al fin y al cabo. Parra descubrió a todos los tontos solemnes, pero en ningún caso abandonó la solemnidad, lo que hizo fue subir la solemnidad a su montaña rusa.
            No tengo dudas, Parra es un poeta solemne, como Neruda, como Huidobro, como Darío, como Teillier, como Hahn. Como todos los clásicos. No tonto solemne, por supuesto; Parra debe ser el más brillante de nuestros poetas. O mejor, el más pillo. Es un pillo solemne.

            Estas celebraciones han demostrado que Nicanor Parra ha pasado a ser un clásico, que es otra manera de referirse a la solemnidad. La antipoesía quiso ser una alternativa a la tradición y pasó a constituir una escuela, la que continuaron Lihn y Lira y Uribe, porque aunque sea mayor, sí leyó a Parra y lo influyó, porque es un clásico, y la escuela seguirá, la continúa mi generación, porque no crecimos leyendo a Neruda o Huidobro o Mistral, sino a Parra, él es nuestro clásico y estamos condenados a escribir como él, solemnemente, al menos hasta que espabilemos, dejemos de ser los nuevos tontos de este siglo y llevemos la solemnidad a otra parte: puede ser al aeropuerto, a la cocina o a dar una vuelta por el paseo Ahumada. 

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