La
novela burguesa realista de segunda mitad del siglo XIX por lo general no es un
género que fascine a mucha gente, pero no sé por qué a mí como que me edifica. En
el último año he tenido la oportunidad de leer dos novelas del español Benito
Pérez Galdós, La desheredada y Misericordia. La primera es de 1880, la
segunda de 1897. En La desheredada, la
protagonista recibe la noticia de que puede ser la heredera de una duquesa, con
lo que se inflan sus aires de nobleza y se lanza a vivir una vida de consumo y
lujo muy ajena a su condición; como ya a la mitad de la novela ella recibe la
noticia de que no es verdad que tenga ascendencia noble, el resto del relato es,
por lo mismo, una narración de su patética porfía. En Misericordia el escenario es inverso: hay personajes que el mismo Pérez
Galdós describe como “tipos de la burguesía tronada”; es decir, arruinada, pero
que hacen lo imposible por ocultar su miseria. En ambas novelas se impone el
criterio de la realidad, de la amarga verdad, como dice el prólogo de Rojo y negro. El crítico español Juan
Oleza dice que el
protagonista de la novela burguesa es el individuo que problematiza con la
sociedad y sobre el cual precisamente se impone la realidad.
Es
verdad que desde este rincón del mundo puede ser empalagoso leer novelas que se
esmeran en recrear el español castizo popular, como en Misericordia, pero me parece que en cuanto a la construcción de
personajes, leer a Pérez Galdós es una auténtica escuela. En la descripción de
los personajes deja de lado la brocha gorda o el bosquejo plano y se esfuerza
por conservar los matices, incluso narrando anécdotas contradictorias o
difíciles de interpretar. ¿Y quién de nosotros, personajes de la vida real, no
es así, contradictorio y difícil de interpretar?
Y
más que discutir sobre el estilo galdosiano, de lo bien o mal que ha
envejecido, hay un denominador común en ambas novelas, que me queda dando
vueltas, que es la mirada aguda sobre personajes que viven en la apariencia. Lo
más impactante, sin duda, es que las anécdotas de estas novelas sean tan
contemporáneas – adjetivo que, dicho sea de paso, el mismo Pérez Galdós daba a
parte de sus novelas. Hoy diríamos que los personajes de Pérez Galdós son
arribistas o siúticos, que les importa más la imagen que las deudas, que
identifican las bendiciones con la bonanza material. Personajes del siglo XXI
en novelas del siglo XIX. En este sentido, cómo no recordar el retrato de la
ambición burguesa que es Eugenia Grandet de
Balzac. Por ello, me atrevo a decir, Pérez Galdós, Balzac y tantos autores de su época poseen una singular vigencia.
Parece
que no es tan descabellado pensar que entre la disyuntiva de estar al día con
lo que se publica o ponerse al día con los clásicos, salimos ganando con la
segunda opción. Hoy se publica tanto que ya es difícil tener la panorámica
completa y, además, no sabemos qué va a perdurar; en cambio, los clásicos ya
perduraron, pasaron el juicio del tiempo y lo hacen en virtud de su permanente
lozanía. Desde esta perspectiva recuerdo y comprendo a un profesor que dijo que
antes daba a leer una novela de Pérez Galdós y otra de Julián Marías, pero que
hoy prefiere dar a leer dos de Pérez Galdós. Puede ser exagerado, es verdad,
pero no deja de tener fundamentos.
Dan
ganas de repetir: no hay nada nuevo bajo al sol. Fue una de las cosas que
aprendí cuando fui ayudante de investigación de Patrología, la disciplina que
estudia la literatura cristiana de los primeros siglos. En esos textos ya están
todos los temas escritos. Todos. Y
cuántas veces he escuchado ideas de la filosofía contemporánea muy similares a
lo que se puede leer en filósofos medievales – y para qué decir en Platón y
Aristóteles. Quizá sea mejor leer, leer mucho antes de hablar y antes de
escribir.
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