viernes, 30 de septiembre de 2011

Los peces gordos: Historia de una absolución familiar de Germán Marín


                No me acuerdo bien cómo llegué a Germán Marín (Chile, 1934), pero creo que fue de la siguiente manera: en una de mis tantas ociosidades literarias mentales, que nunca llegan a algo escrito y ocasionalmente terminan en alguna lectura, me pregunté por obras chilenas que fueran ícono de la nación. ¿Tenemos algo así? ¿Martín Rivas? ¿Casa grande? En poesía, el Canto general y el Poema de Chile. No sé, al menos que sean imagen de una época. Así fui derivando a algo más acotado: la reciente dictadura. ¿Qué hay al respecto? Bastante, en todo orden de géneros: Lihn, de la Parra, ICTUS… Acotemos un poco más: en novela, sólo en la última década encontramos Las películas de mi vida de Fuguet, Bosque quemado de Roberto Brodsky, La burla del tiempo de Electorat; en nuestra tradición, por nombrar algunas, encontramos las alegóricas Casa de campo de Donoso y el Museo de cera de Jorge Edwards. Quizás las más emblemática hasta el momento sea un reportaje periodístico, Los zarpazos del puma de Patricia Verdugo. No sé cómo fue concretamente, dónde lo leí, quién me habló de Germán Marín (estoy seguro que en la universidad no fue), pero lo concreto es que esta enumeración caótica no es lejana al contexto mental que me llevó a leer Círculo vicioso (1994), el primer tomo de la trilogía Historia de una absolución familiar, a la cual le siguen Las cien águilas (1997) y La ola muerta (2005).   
                Buscaba la novela chilena sobre la dictadura, pero encontré algo ligeramente distinto, más y menos a la vez. Encontré una novela interesantísima, narrada a dos bandas más una tercera que aparece solapadamente. Por una parte, la historia de la familia de un personaje, Germán Marín, quien en el primer tomo es referido como un tú y en los otros dos asume el yo como narrador. Por otra, intercalado en la narración, el Diario de Germán Marín nos permite presenciar el trágico momento de la escritura: el exilio en Barcelona en la década del 80. Los numerosos pie de página dan cuenta de la relación epistolar entre Marín y su editor, Venzano Torres. Todo escrito con una prosa que es un torrente, talentosa y, si se me permite la expresión, maestra a la hora de estirar la tensión (valga la redundancia) de la anécdota. Es una novela escrita desde el exilio pero que abarca mucho más, porque la retrospectiva de la propia familia hace que lleguemos a lugares propios pero no inmediatos: la inmigración de comienzos del siglo XX, los latifundios oligárquicos del sur, los sistemas educativos, entre otros. Pero tampoco es posible decir que es una novela sobre la dictadura, porque la trilogía de Marín es demasiado personal y no tiene tal ambición. Es una obra intransferible, jodidamente honesta. Marín es consciente que él no puede representar a una generación, que el sujeto está antes que la idea: la novela nacional debe ser escrita por todos y cada uno. Dice en uno de los pasajes del diario: “Nunca he podido saber si la historia del pasado que recogeré en estos apuntes es verdadera” (fragmento 249 de La ola muerta). Parece ser que la construcción del relato es tarea de una generación, por geniales que sean las mentes de ciertos sujetos, o por muy buenas intenciones que tenga el poeta al ofrecerse a hablar por quien tiene la boca muerta.
                A modo de presentar algunos temas de la trilogía propongo una disección de su título: Historia de una absolución familiar:
1.       Titular a una trilogía novelesca con el sustantivo “historia” nos sitúa en la clásica discusión de los géneros literarios. ¿Cuál es la diferencia entre una novela y una historia? Me parece que lo fundamental está en el método científico del historiador, por lo que la obra de Marín puede tomarse como historia en un sentido muy personal; son más bien unas memorias y, por lo mismo, permiten un acceso a los hechos sin duda parciales. Pero, como ya dijimos, el anhelo de Marín no pretende ser la voz de una generación o ser una historia oficial, por lo que los alcances de la trilogía coinciden plenamente con el fin del diario: “un vaciadero de mis lecturas, de mis recuerdos chilenos, de mis zozobras, de mis tardes aburridas, de mis contemplaciones, sin ninguna otra finalidad que atrapar esos destellos de vida que se extinguirán” (fragmento 254 de La ola muerta). ¿Y nosotros, es que acaso tenemos algo distinto? Además, se agradece tanto cuando esos destellos son atrapados en una prosa tan deleitable.
2.       “Absolución” es un término con una tremenda connotación religiosa; y Marín, que estudió en colegio de curas, debe haberlo tenido presente. La absolución es el acto mediante el cual el sacerdote otorga el perdón de los pecados a quien los confiesa arrepentido. Las consecuencias directas de la absolución son, oh sorpresa, la reconciliación, en el caso del sacramento, con Dios y con la Iglesia (i.e., el prójimo). Perdón y reconciliación son palabras propias del ideario nacional tras el retorno a la democracia, más allá de si ellas dan cuenta de una realidad efectiva. ¿Marín está en estas coordenadas? Un tema a estudiar más detenidamente es la presencia de la culpa en la trilogía; está presente por todos lados. También no me parece descabellado leer estas novelas a la luz de una “confesión”, más aún cuando el mismo narrador dice en el Diario que leía las Confesiones de san Agustín, “uno de los grandes libros autobiográficos, escritos entre el desgarro y la penitencia”.  
3.       La familia en esta saga es un Chile en miniatura: hay ascendencia extranjera, hay ascendencia provinciana, arribo a Santiago, surgimiento económico… La misma relación del protagonista con su familia es análoga a la de él mismo con el país: se separa de ellos para después sentirse un extraño (cf. El extranjero de Albert Camus). El título lo dice: es una historia familiar pero muy representativa de la nación, tanto como lo permite el género que eligió Marín.               
                En fin, es un pedazo de obra y da para mucho, a ver si en un futuro vuelvo a ella con mayor dedicación. Para algunos puede resultar agotadora; acabo de leer en una entrevista a Adriana Valdés que la Historia… la cansó. Es que hay que comprender que la trilogía tiene un contexto metaliterario, sobre el cual algún día me gustaría dedicarme a hacer un análisis siguiendo el Diario que se intercala en la narración, Diario que es “escritura sobre escritura”. En él se tiene presente la novela social de Manuel Rojas, la obra de Conrad, Faulkner, mucha literatura europea de principios de siglo XX y definitivamente en esfuerzo de alejarse del criollismo chileno. Sí, Germán Marín está dialogando con los peces gordos de la literatura.

P.D.: Leí Círculo vicioso en noviembre de 2009, Las cien águilas en febrero de 2010, pero La ola muerta la terminé recién esta semana. No me la conseguí antes porque me negaba a pagar 13 lucas por un libro impreso en Chile que en Argentina sale 3700 pesos (31 pesos argentinos). Tuve la suerte que me lo trajeron, pero aún tengo el anhelo de entender que alguien me explique qué es lo que pasa.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Escritos de juventud: Escena de caza de Iván Thays


                Mi intención original era aprovechar que el día viernes 16 llegó a mis manos, como insinué la semana pasada, La ola muerta de Germán Marín, el tercer volumen de la trilogía Historia de una absolución familiar, una historia muy personal que abarca dos generaciones de una familia chilena, englobando de este modo, desde una perspectiva muy peculiar, prácticamente cien años de la historia del país. Quise leerla durante la semana; comencé pero no alcancé a terminar. No quiero que se vuelva una costumbre comentar fragmentos de libros así que decidí escribir sobre una obra más breve, Escena de caza del peruano Iván Thays, un cuento-novela de 100 páginas. Espero cumplir con La ola muerta para la próxima semana.
                No había leído nada de Iván Thays antes de Escena de caza. Quise averiguar sobre él y para mi sorpresa - o, mejor dicho, debido a mi ignorancia - al googlearlo, antes que su biografía en Wikipedia apareció… ¡su blog! Obviamente me sentí en sintonía, al menos circunstancial. Estuve hojeándolo (no se puede hojear un blog…), es muy prolífico, con comentarios y noticias sobre escritores y sus obras. Para complementar digamos que Thays fue incluido en la antología Bogotá39, que seleccionó hace un tiempo según algún criterio a los mejores narradores latinoamericanos menores de 39 años, lo cual me hizo pensar en Alejandro Zambra, hecho más arbitrario de lo que se puede pensar en un principio. Y por último, al ver una foto de Thays me acordé demasiado de mi profesor de Historia Universal Moderna y Contemporánea, el maestro Claudio Rolle. En fin, todo esto me hizo abordar Escena de caza de muy buen ánimo.
                No he dicho nada del cuento, ya llego. Me parece que es más cuento que novela porque no hay divagaciones en los personajes, la historia es bastante acotada: relata desde la perspectiva del varón el comienzo de la vida autónoma de una pareja limeña, el cual coincide con un viaje por trabajo del narrador a España en el que se embarcan ambos. El tiempo de la escritura es 1994, cuando Thays tiene 25 años. Definitivamente es un escrito de juventud, y mientras más joven se lea mejor. Tiene pasajes, a veces varias páginas, realmente melosos, con reflexiones sobre el amor para toda la vida o la capacidad de los enamorados de anticipar lo que están pensando. Es lo primero que llama la atención y para alguien a quien le disgusten estos temas Escena de caza puede resultar de mal gusto, pero yo también puedo ser bastante meloso y a veces disfrutaba esos pasajes, seguramente en virtud de mi juventud. Me acordé de un cuento que escribí hace unos años y que ahora no me atreví a releer que tiene pasajes muy parecidos. Hace poco, no me acuerdo con quien, comentaba que encontraba difícil escribir sobre el amor de pareja sin caer en la siutiquería (el Cancionero de Petrarca, El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, la poesía de Borges, algunos pasajes de Sábato, Neruda o incluso de Joyce). Hay excepciones, personalmente las encuentro meritorias. En todo caso, volviendo a la obra, hay pasajes donde el narrador abandona el discurso amoroso para ser más licencioso; pienso que en este aspecto se aprecia otro rasgo del escrito de juventud: una escritura mono-perspectiva, unilateral, sin dejar espacios a la sugerencia, especialmente en lo que se refiere al protagonista.
                Dejando a un lado la trama, digamos que la prosa es amenísima, muy, muy cuidada. Sin duda ya a estas alturas Thays debe haber leído de todo, no hay mejor escuela de escritura que la lectura. Los saltos narrativos no son desequilibrados, la extensión de la obra denota el haber hecho una elección por la calidad en desmedro de otro fin al cual se podría haber llegado por obsesión, los personajes son razonables. Existen además alusiones explícitas a otras obras literarias y artísticas - películas, fotografías - pero que en ningún caso son excesivas o hacen perder el referente de lo narrado. Hay veces que la intertextualidad llega a tal punto que si no has leído lo que el autor tenía en el velador cuando estaba escribiendo no entendiste nada; no, aquí me parece que las mencionadas alusiones operan para enriquecer el desarrollo de la narración, se justifican plenamente. Ya en mi libre ejercicio de lector me vienen a la mente otras lecturas: Desayuno en Tiffany de Capote – hay un personaje que me recuerda mucho a Holly - o la muy posterior Chesil Beach de Ian McEwan. Que la novia del narrador se llame Beatriz hace pensar indefectiblemente en la Divina Comedia de Dante, pero no estoy seguro de que más sea una coincidencia que una alusión directa. Perdón por la autorreferencia pero la semejanza con el cuento de mi autoría que mencioné antes se prolonga hasta este aspecto: la protagonista de dicho cuento también se llamaba Beatriz y no estaba pensando en la Divina Comedia.
                En fin, espero que Escena de caza sea una lectura propedéutica al resto de la narrativa de Thays (algunas de sus novelas han sido finalistas de premios como el Herralde o el Rómulo Gallegos). Finalizo con otra anécdota personal: esta obra llegó a mis manos cuando un amigo me la trajo del Perú. No sé qué tan fácil sea conseguir otra de sus novelas, al menos en la librería Antártica sólo está disponible su última novela, Un sueño fugaz. Parece que sigue vigente el sorpresivo cuadro que presentó José Donoso en Historia personal del “boom” en 1982: para leer cosas nuevas lo mejor es viajar.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Uso de mis derechos: El testigo de Juan Villoro y Libro del desasosiego de Fernando Pessoa


                Mientras leía El testigo, novela del 2004 escrita por el mexicano Juan Villoro, no podía dejar de tener presente una columna de Ignacio Valente que había leído hace muy poco, “¿Derechos de autor?” (léala aquí: http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/2011/09/ignacio-valentederechos-de-autor.html). Si dejó de leer este post para leer la columna, comprenderá qué me ocurrió al poco andar, en la página 70 más o menos: aborté la empresa. Hice uso de mis derechos de lector y dejé de leer, sencillamente porque creía que no estaba empleando mi tiempo de la mejor manera al leer una novela que no despegaba nunca.
                ¿Es muy subjetivo mi juicio? Totalmente. Según leí por ahí El testigo es una novela que, además de ser considerada la mejor de Villoro, ganó el premio Herralde. Mis expectativas subieron al leer la contraportada del libro - Editorial Anagrama - donde se encuentran frases como “la Gran Novela Mexicana”, “obras mayores que dan sentido a una vida en la literatura” o “recupera el ideal de la novela total”. Ante semejantes antecedentes, ¡cómo no entusiasmarme! Pero bueno, a la hora de la verdad, la lectura, ellos no fueron suficientes para mí.
                La trama tampoco me desagradaba. Un mexicano que retorna a su país después de un largo autoexilio en la época en que el PRI pierde las elecciones por primera vez en setenta años. Se presta para la gran novela mexicana, ¿no? Una novela donde, a partir de un personaje central, se haga síntesis de un periodo histórico de una nación en particular, al modo como lo hace para nosotros los chilenos Germán Marín en su trilogía Historia de una absolución familiar – he leído las dos primeras entregas, espero tener pronto en mis manos la tercera. Y puede ser, no digo que no lo logre; pienso que en el fracaso de mi lectura pudo haber influido que la historia de México no sea mi tema (aunque los capítulos que leí eran muy lentos, una prosa pesada y formalmente no presentaban ningún desafío). Quizás influye que por lo general leo las columnas y crónicas de Villoro y me gustan mucho, que cuando leí su libro de relatos Los culpables encontré pequeñas obras maestras, pero que cuando leí otra novela suya, Materia dispuesta, también me pasó que se me hacía interminable y la terminé solo porque tenía una clase en la universidad sobre ella. A lo mejor también influye que, desde mi ignorancia, pensé que ya había leído la gran novela mexicana de esta época, Los detectives salvajes (ya sé que Bolaño es chileno, pero la novela es mexicana, algo que se aprecia en primer lugar al observar los títulos de los capítulos). En fin, quizás es solo que tenía la columna de Valente demasiado fresca en la memoria.
                ¿Alguna lección? Escribir sin forzar, abierto a donde la escritura conduzca. Si no salen novelas no pasa nada; pienso en grandes prosistas como Borges o Neruda (sí, Neruda, y también Mistral fue una excelente prosista) que no escribieron la novela total.
                Así que me cambié de libro y me zambullí al Libro del desasosiego de Fernando Pessoa. Obviamente escribo estas palabras sin haberlo leído entero - tiene 500 páginas y lo tomé hace un par de días -, así que estas apreciaciones son parciales. Y me atrevo a referirme a este libro en estas precarias condiciones porque no me referiré a lo que no he leído, pero además porque esta es una obra, como bien dice en su contratapa (debería existir un premio a las mejores contratapas, el lugar donde deben estar las palabras precisas para referirse a un texto), “inacabada e inacabable”.
                Sí, esos son los adjetivos justos. Libro del desasosiego, en el cual Pessoa trabajó desde 1913 hasta su muerte, es la “autobiografía sin acontecimientos” de Bernardo Soares, heterónimo del mismo Pessoa. ¿Es un libro sobre nada? No, no hay acontecimientos, que es distinto. ¿Qué nos queda entonces? La genialidad y belleza de una prosa que, en estas circunstancias, es más importante que nunca - recuerdo un cuento de Ribeyro, “La vida gris”, que tiene la misma idea de fondo: la historia de un personaje donde no pasa nada -. Quedan las reflexiones de quien las ha logrado pasar al papel con una profundidad estremecedora. Son pensamientos hondos; a veces oscuros, a veces se atisba una luz.
                Desasosiego, qué palabra. Intranquilidad, inquietud, zozobra, preocupación. Pero me evoca otras palabras: desolación - claro, como el poemario contemporáneo de Gabriela Mistral -, desesperanza. Es una palabra muy sugerente que se encuentra en muchos pasajes (de las primeras páginas). ¿Dónde hallar sosiego? La respuesta es difícil: puede ser en la noche, puede ser en la renuncia a darle un sentido a la existencia. En cambio, el desasosiego se halla en todos lados: en la vida en general, en todo lo exterior, incluso en la interioridad. La pregunta es dónde está la vida. Soares pasea – mentalmente – por el campo, por la noche, por la literatura de los clásicos. Uno podría pensar que es un libro trágico pero me parece que el autor, el ficticio o el real, negaría tal cosa; sería trágico si se quisiera darle un sentido a la vida pero ni siquiera está tal intención. No hay que molestarse en nimiedades, tan solo vivir.
                Está claro que este libro antecede un sentimiento predominante a lo largo de todo el siglo XX. En palabras del cardenal de Lubac, del drama del humanismo ateo. En Pessoa hay un existencialismo incipiente pero a la vez claro, mas no por ello deja de haber un esfuerzo por hallar el fundamento – sosiego – de la existencia. En definitiva, Libro del desasosiego – lo que llevo leído – es condenadamente fascinante por su sinceridad, porque se palpa palabra a palabra la honestidad: escribo (y leo) porque no entiendo y porque quiero entender. Como me dijo un amigo con quien compartía algunas páginas de este libro, es el Cohélet de nuestra era, aquel judío cuyo pensamiento, como dice Pautrel en su introducción al libro del Eclesiastés, “fluctúa, se rectifica, se corrige. (…) Todo es falaz: la ciencia, la riqueza, el amor y hasta la vida misma. Ésta no constituye más que una serie de actos incoherentes y sin importancia que concluyen con la vejez y con la muerte. (…) [Cohélet] comprueba la vacuidad del bienestar y se consuela recogiendo los modestos goces que puede ofrecer la existencia. Digamos más bien que trata de consolarse, porque se encuentra totalmente insatisfecho”.
                Parece que Cohélet podría haber vivido en el siglo XX, el siglo de los nervios. ¿Recibió respuestas? Afirma Pautrel: “solamente puede dársele la respuesta con la afirmación de una sanción de ultratumba”. Quizás el mismo Pessoa intuía esa respuesta cuando sentencia: “No sé si Dios existe o no existe, pero todos somos sus siervos”.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Juego, poesía, gramática, verdad: Alguien que anda por ahí de Julio Cortázar


                Volví a Cortázar. Hace años que no lo leía y no dejó de ser significativo: puedo decir que fue él quien me bautizó en la literatura, a los 15 años más o menos, cuando devoré Final del juego. Recuerdo que por esas fechas mi hermano fue a Argentina y le pedí que me trajera algún libro de cuentos de Cortázar; me trajo los cuentos completos. Así pude seguir con La otra orilla, Bestiario, Las armas secretas, cuya lectura me produjo un placer imborrable. En cuarto medio, a los 17, leí Historias de cronopios y de famas, Rayuela y algunos cuentos de Todos los fuegos el fuego. O sea, me embutí de Cortázar todo lo que pude. Paralelamente leía otros autores del boom. Pienso que los latinoamericanos somos privilegiados de que autores como García Márquez, Vargas Llosa, Sábato, Borges, Rulfo, Ribeyro, el mismo Cortázar sean nuestra puerta de entrada a la literatura: a todos ellos los leí en el colegio.

                Bueno, por distintas circunstancias no había retomado a Cortázar hasta esta semana, en la que me aventuré con Alguien que anda por ahí. Puede que no haya habido la misma fascinación que antaño, cuando leía y releía mis páginas favoritas de sus cuentos y de Rayuela, pero la poesía seguía igual, su prosa es poesía. Lo dice Vargas Llosa en su prólogo a los cuentos completos, es una prosa oral, que semeja el lenguaje hablado pero no literalmente sino, mejor, literariamente y, por tanto, magistralmente. Esa prosa es la que suscita la complicidad con el lector tan buscada por el autor, siguiendo la conocida imagen que propuso Cortázar, la de los lectores hembra y lectores cómplice. Esa prosa hace que la trama no se entregue en bandeja y reclama para sí lectores dedicados, que no se desanimen con las caídas, naturales, en este camino ascendente.

                También es conocido el mencionado texto de Vargas Llosa donde se refiere a la literatura de Cortázar como un juego. Y sí, quién podrá negarlo, pero confieso que en esta pasada sentí que perdí la novedad del juego, era un juego conocido. Los finales de “Vientos alisios”, “Alguien que anda por ahí” y "La noche de Mantequilla" pueden ser intuidos páginas antes del desenlace. Eso no le quita mérito al relato, son excelentes cuentos. No sé, quizás los juegos literarios fueron de una bomba de tal magnitud en su obra hasta los sesenta que su onda expansiva no acaba, pero tampoco es del todo nueva.

                Está claro que Cortázar se ha ganado un lugar entre los mejores cuentistas del siglo no solo porque sus juegos sean ingeniosos sino porque son propios del lenguaje; Cortázar hace en un cuento lo que no se puede hacer en ningún otro lugar, tal como décadas después lo quiso hacer Bolaño con su narrativa, o como en el cine lo hicieron Buñuel y Ruiz. Los juegos gramaticales de “Usted se tendió a tu lado” y “Las caras de la medalla”, la perspectiva del narrador – más bien los narradores – de “La barca o Nueva visita a Venecia” son intraducibles a un lenguaje que no sea el del cuento, no hay película, canción, incluso conversación posible que pueda reproducir lo escrito. Es la obra de un escritor-lingüista, hecho que va ganando fuerza a medida que se suceden los relatos del libro.

                   Una última reflexión: la teoría literaria ha enfatizado mucho el carácter artificial de la literatura, y qué duda cabe, estos cuentos son un buen reflejo de ello (por ejemplo, cuando el lenguaje de que se asemeja al oral o al fluir de la conciencia pero que en ningún caso son efectivamente lenguaje oral o fluir de la conciencia). Sin embargo no es menor que en el cuento “La barca…” el tema de fondo sea la verdad. Aristóteles dijo que un requisito de la obra poética es la verosimilitud; en este cuento ello es buscado hasta el extremo: el narrador quiere reescribir el cuento por no transmitir las experiencias de manera exacta. El cuento original es verosímil, pero el autor quiere que sea verdadero y para ello lo desmenuza. Los que hemos leído a Cortázar sabemos que técnicamente es irreprochable, este mismo cuento no es en absoluto malo, pero que en definitiva lo que nos atrapa es habernos encontrado en Olivera, haber revivido nuestras conversaciones al leer Rayuela, conocer a los cronopios y los famas, tan presentes en el papel como a nuestro alrededor. El relato tiene una particular perdurabilidad cuando logra asir la verdad, la cual, claro está, no tiene por qué ser histórica. Es, por llamarlo de algún modo, la verdad de las parábolas. Recuerdo que mi profesor de Metafísica constataba que cuando Platón quería decir en sus diálogos algo realmente importante recurría a alegorías: ahí tenemos la caverna, el auriga con dos caballos, la media naranja. ¿Qué verdad nos transmite Cortázar? Emoción ante lo cotidiano, una relación autor-lector que llega al paroxismo, la alegría de jugar; el asombro ante la inmensa cantidad de posibilidades que culminan ampliando el horizonte del lector.

P.D.: Una anécdota personal: el cuento “Las caras de la medalla” se parece mucho a uno que quise escribir hace un par de años. La idea es la misma, narrar simultáneamente dos perspectivas de un mismo hecho. Incluso se parecían en el fin, crear melancolía ante la imposibilidad de un amor. Obviamente mi fracaso fue estrepitoso. Apreciar la solución del problema en este cuento, una solución gramatical, ir cambiando la persona de los sujetos de las oraciones, fue un palmoteo en la espalda: mala ejecución, pero no mala idea. Keep it up.