No
me acuerdo bien cómo llegué a Germán Marín (Chile, 1934), pero creo que fue de
la siguiente manera: en una de mis tantas ociosidades literarias mentales, que
nunca llegan a algo escrito y ocasionalmente terminan en alguna lectura, me
pregunté por obras chilenas que fueran ícono de la nación. ¿Tenemos algo así? ¿Martín Rivas? ¿Casa grande? En poesía, el Canto
general y el Poema de Chile. No
sé, al menos que sean imagen de una época. Así fui derivando a algo más
acotado: la reciente dictadura. ¿Qué hay al respecto? Bastante, en todo orden
de géneros: Lihn, de la Parra, ICTUS… Acotemos un poco más: en novela, sólo en
la última década encontramos Las
películas de mi vida de Fuguet, Bosque
quemado de Roberto Brodsky, La burla
del tiempo de Electorat; en nuestra tradición, por nombrar algunas, encontramos las alegóricas Casa de campo de Donoso y el Museo de cera de Jorge Edwards. Quizás
las más emblemática hasta el momento sea un reportaje periodístico, Los zarpazos del puma de Patricia
Verdugo. No sé cómo fue concretamente, dónde lo leí, quién me habló de Germán Marín
(estoy seguro que en la universidad no fue), pero lo concreto es que esta
enumeración caótica no es lejana al contexto mental que me llevó a leer Círculo vicioso (1994), el primer tomo
de la trilogía Historia de una absolución
familiar, a la cual le siguen Las
cien águilas (1997) y La ola muerta (2005).
Buscaba
la novela chilena sobre la dictadura,
pero encontré algo ligeramente distinto, más y menos a la vez. Encontré una
novela interesantísima, narrada a dos bandas más una tercera que aparece
solapadamente. Por una parte, la historia de la familia de un personaje, Germán
Marín, quien en el primer tomo es referido como un tú y en los otros dos asume
el yo como narrador. Por otra, intercalado en la narración, el Diario de Germán Marín nos permite
presenciar el trágico momento de la escritura: el exilio en Barcelona en la
década del 80. Los numerosos pie de página dan cuenta de la relación epistolar
entre Marín y su editor, Venzano Torres. Todo escrito con una prosa que es un
torrente, talentosa y, si se me permite la expresión, maestra a la hora de
estirar la tensión (valga la redundancia) de la anécdota. Es una novela escrita
desde el exilio pero que abarca mucho más, porque la retrospectiva de la propia
familia hace que lleguemos a lugares propios pero no inmediatos: la inmigración
de comienzos del siglo XX, los latifundios oligárquicos del sur, los sistemas
educativos, entre otros. Pero tampoco es posible decir que es una novela sobre
la dictadura, porque la trilogía de Marín es demasiado personal y no tiene tal
ambición. Es una obra intransferible, jodidamente honesta.
Marín es consciente que él no puede representar a una generación, que el sujeto
está antes que la idea: la novela nacional debe ser escrita por todos y cada uno. Dice
en uno de los pasajes del diario: “Nunca he podido saber si la historia del
pasado que recogeré en estos apuntes es verdadera” (fragmento 249 de La ola muerta). Parece ser que la
construcción del relato es tarea de una generación, por geniales que sean las
mentes de ciertos sujetos, o por muy buenas intenciones que tenga el poeta al
ofrecerse a hablar por quien tiene la boca muerta.
A
modo de presentar algunos temas de la trilogía propongo una disección de su
título: Historia de una absolución
familiar:
1. Titular
a una trilogía novelesca con el sustantivo “historia” nos sitúa en la clásica
discusión de los géneros literarios. ¿Cuál es la diferencia entre una novela y
una historia? Me parece que lo fundamental está en el método científico del
historiador, por lo que la obra de Marín puede tomarse como historia en un
sentido muy personal; son más bien unas memorias y, por lo mismo, permiten un
acceso a los hechos sin duda parciales. Pero, como ya dijimos, el anhelo de
Marín no pretende ser la voz de una generación o ser una historia oficial, por
lo que los alcances de la trilogía coinciden plenamente con el fin del diario:
“un vaciadero de mis lecturas, de mis recuerdos chilenos, de mis zozobras, de
mis tardes aburridas, de mis contemplaciones, sin ninguna otra finalidad que
atrapar esos destellos de vida que se extinguirán” (fragmento 254 de La ola muerta). ¿Y nosotros, es que
acaso tenemos algo distinto? Además, se agradece tanto cuando esos destellos
son atrapados en una prosa tan deleitable.
2. “Absolución”
es un término con una tremenda connotación religiosa; y Marín, que estudió en
colegio de curas, debe haberlo tenido presente. La absolución es el acto
mediante el cual el sacerdote otorga el perdón de los pecados a quien los
confiesa arrepentido. Las consecuencias directas de la absolución son, oh
sorpresa, la reconciliación, en el
caso del sacramento, con Dios y con la Iglesia (i.e., el prójimo). Perdón y
reconciliación son palabras propias del ideario nacional tras el retorno a la
democracia, más allá de si ellas dan cuenta de una realidad efectiva. ¿Marín
está en estas coordenadas? Un tema a estudiar más detenidamente es la presencia
de la culpa en la trilogía; está presente por todos lados. También no me parece
descabellado leer estas novelas a la luz de una “confesión”, más aún cuando el
mismo narrador dice en el Diario que leía las Confesiones de san Agustín, “uno de los grandes libros
autobiográficos, escritos entre el desgarro y la penitencia”.
3. La
familia en esta saga es un Chile en miniatura: hay ascendencia extranjera, hay
ascendencia provinciana, arribo a Santiago, surgimiento económico… La misma
relación del protagonista con su familia es análoga a la de él mismo con el
país: se separa de ellos para después sentirse un extraño (cf. El extranjero de Albert Camus). El
título lo dice: es una historia familiar pero muy representativa de la nación,
tanto como lo permite el género que eligió Marín.
En fin, es un pedazo de obra y da
para mucho, a ver si en un futuro vuelvo a ella con mayor dedicación. Para
algunos puede resultar agotadora; acabo de leer en una entrevista a Adriana
Valdés que la Historia… la cansó. Es
que hay que comprender que la trilogía tiene un contexto metaliterario, sobre
el cual algún día me gustaría dedicarme a hacer un análisis siguiendo el Diario
que se intercala en la narración, Diario que es “escritura sobre escritura”. En
él se tiene presente la novela social de Manuel Rojas, la obra de Conrad,
Faulkner, mucha literatura europea de principios de siglo XX y definitivamente
en esfuerzo de alejarse del criollismo chileno. Sí, Germán Marín está
dialogando con los peces gordos de la literatura.
P.D.: Leí Círculo vicioso en noviembre de 2009, Las cien águilas en febrero de 2010, pero La ola muerta la terminé recién esta semana. No me la conseguí antes porque me negaba a pagar 13 lucas por un libro impreso en Chile que en Argentina sale 3700 pesos (31 pesos argentinos). Tuve la suerte que me lo trajeron, pero aún tengo el anhelo de entender que alguien me explique qué es lo que pasa.