Mientras
leía El testigo, novela del 2004
escrita por el mexicano Juan Villoro, no podía dejar de tener presente una
columna de Ignacio Valente que había leído hace muy poco, “¿Derechos de autor?”
(léala aquí: http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/2011/09/ignacio-valentederechos-de-autor.html).
Si dejó de leer este post para leer la columna, comprenderá qué me ocurrió al
poco andar, en la página 70 más o menos: aborté la empresa. Hice uso de mis
derechos de lector y dejé de leer, sencillamente porque creía que no estaba
empleando mi tiempo de la mejor manera al leer una novela que no despegaba
nunca.
¿Es
muy subjetivo mi juicio? Totalmente. Según leí por ahí El testigo es una novela que, además de ser considerada la mejor de
Villoro, ganó el premio Herralde. Mis expectativas subieron al leer la
contraportada del libro - Editorial Anagrama - donde se encuentran frases como
“la Gran Novela Mexicana”, “obras mayores que dan sentido a una vida en la
literatura” o “recupera el ideal de la novela total”. Ante semejantes
antecedentes, ¡cómo no entusiasmarme! Pero bueno, a la hora de la verdad, la lectura,
ellos no fueron suficientes para mí.
La
trama tampoco me desagradaba. Un mexicano que retorna a su país después de un
largo autoexilio en la época en que el PRI pierde las elecciones por primera
vez en setenta años. Se presta para la gran novela mexicana, ¿no? Una novela
donde, a partir de un personaje central, se haga síntesis de un periodo
histórico de una nación en particular, al modo como lo hace para nosotros los
chilenos Germán Marín en su trilogía Historia
de una absolución familiar – he leído las dos primeras entregas, espero
tener pronto en mis manos la tercera. Y puede ser, no digo que no lo logre;
pienso que en el fracaso de mi lectura pudo haber influido que la historia de
México no sea mi tema (aunque los capítulos que leí eran muy lentos, una prosa
pesada y formalmente no presentaban ningún desafío). Quizás influye que por lo
general leo las columnas y crónicas de Villoro y me gustan mucho, que cuando
leí su libro de relatos Los culpables encontré
pequeñas obras maestras, pero que cuando leí otra novela suya, Materia dispuesta, también me pasó que
se me hacía interminable y la terminé solo porque tenía una clase en la
universidad sobre ella. A lo mejor también influye que, desde mi ignorancia,
pensé que ya había leído la gran novela mexicana de esta época, Los detectives salvajes (ya sé que
Bolaño es chileno, pero la novela es mexicana, algo que se aprecia en primer
lugar al observar los títulos de los capítulos). En fin, quizás es solo que
tenía la columna de Valente demasiado fresca en la memoria.
¿Alguna
lección? Escribir sin forzar, abierto a donde la escritura conduzca. Si no
salen novelas no pasa nada; pienso en grandes prosistas como Borges o Neruda
(sí, Neruda, y también Mistral fue una excelente prosista) que no escribieron
la novela total.
Así
que me cambié de libro y me zambullí al Libro
del desasosiego de Fernando Pessoa. Obviamente escribo estas palabras sin
haberlo leído entero - tiene 500 páginas y lo tomé hace un par de días -, así
que estas apreciaciones son parciales. Y me atrevo a referirme a este libro en
estas precarias condiciones porque no me referiré a lo que no he leído, pero
además porque esta es una obra, como bien dice en su contratapa (debería
existir un premio a las mejores contratapas, el lugar donde deben estar las
palabras precisas para referirse a un texto), “inacabada e inacabable”.
Sí,
esos son los adjetivos justos. Libro del
desasosiego, en el cual Pessoa trabajó desde 1913 hasta su muerte, es la “autobiografía sin
acontecimientos” de Bernardo Soares, heterónimo del mismo Pessoa. ¿Es un libro
sobre nada? No, no hay acontecimientos, que es distinto. ¿Qué nos queda
entonces? La genialidad y belleza de una prosa que, en estas circunstancias, es
más importante que nunca - recuerdo un cuento de Ribeyro, “La vida gris”, que
tiene la misma idea de fondo: la historia de un personaje donde no pasa nada -.
Quedan las reflexiones de quien las ha logrado pasar al papel con una profundidad
estremecedora. Son pensamientos hondos; a veces oscuros, a veces se atisba una
luz.
Desasosiego, qué palabra.
Intranquilidad, inquietud, zozobra, preocupación. Pero me evoca otras palabras:
desolación - claro, como el poemario contemporáneo de Gabriela Mistral -,
desesperanza. Es una palabra muy sugerente que se encuentra en muchos pasajes
(de las primeras páginas). ¿Dónde hallar sosiego? La respuesta es difícil:
puede ser en la noche, puede ser en la renuncia a darle un sentido a la
existencia. En cambio, el desasosiego se halla en todos lados: en la vida en
general, en todo lo exterior, incluso en la interioridad. La pregunta es dónde
está la vida. Soares pasea – mentalmente – por el campo, por la noche, por la
literatura de los clásicos. Uno podría pensar que es un libro trágico pero me
parece que el autor, el ficticio o el real, negaría tal cosa; sería trágico si
se quisiera darle un sentido a la vida pero ni siquiera está tal intención. No
hay que molestarse en nimiedades, tan solo vivir.
Está
claro que este libro antecede un sentimiento predominante a lo largo de todo el
siglo XX. En palabras del cardenal de Lubac, del drama del humanismo ateo. En
Pessoa hay un existencialismo incipiente pero a la vez claro, mas no por ello deja
de haber un esfuerzo por hallar el fundamento – sosiego – de la existencia. En
definitiva, Libro del desasosiego –
lo que llevo leído – es condenadamente fascinante por su sinceridad, porque se
palpa palabra a palabra la honestidad: escribo (y leo) porque no entiendo y
porque quiero entender. Como me dijo un amigo con quien compartía algunas
páginas de este libro, es el Cohélet de nuestra era, aquel judío cuyo
pensamiento, como dice Pautrel en su introducción al libro del Eclesiastés,
“fluctúa, se rectifica, se corrige. (…) Todo es falaz: la ciencia, la riqueza,
el amor y hasta la vida misma. Ésta
no constituye más que una serie de actos incoherentes y sin importancia que
concluyen con la vejez y con la muerte. (…) [Cohélet] comprueba la vacuidad del
bienestar y se consuela recogiendo los modestos goces que puede ofrecer la
existencia. Digamos más bien que trata de consolarse, porque se encuentra
totalmente insatisfecho”.
Parece
que Cohélet podría haber vivido en el siglo XX, el siglo de los nervios.
¿Recibió respuestas? Afirma Pautrel: “solamente puede dársele la respuesta con
la afirmación de una sanción de ultratumba”. Quizás el mismo Pessoa intuía esa
respuesta cuando sentencia: “No sé si Dios existe o no existe, pero todos somos
sus siervos”.
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