Volví
a Cortázar. Hace años que no lo leía y no dejó de ser significativo: puedo decir
que fue él quien me bautizó en la literatura, a los 15 años más o menos, cuando
devoré Final del juego. Recuerdo que
por esas fechas mi hermano fue a Argentina y le pedí que me trajera algún libro
de cuentos de Cortázar; me trajo los cuentos completos. Así pude seguir con La otra orilla, Bestiario, Las armas
secretas, cuya lectura me produjo un placer imborrable. En cuarto medio, a
los 17, leí Historias de cronopios y de
famas, Rayuela y algunos cuentos
de Todos los fuegos el fuego. O sea,
me embutí de Cortázar todo lo que pude. Paralelamente leía otros autores del
boom. Pienso que los latinoamericanos somos privilegiados de que autores como
García Márquez, Vargas Llosa, Sábato, Borges, Rulfo, Ribeyro, el mismo Cortázar
sean nuestra puerta de entrada a la literatura: a todos ellos los leí en el
colegio.
Bueno,
por distintas circunstancias no había retomado a Cortázar hasta esta semana, en
la que me aventuré con Alguien que anda
por ahí. Puede que no haya habido la misma fascinación que antaño, cuando
leía y releía mis páginas favoritas de sus cuentos y de Rayuela, pero la poesía seguía igual, su prosa es poesía. Lo dice
Vargas Llosa en su prólogo a los cuentos completos, es una prosa oral, que
semeja el lenguaje hablado pero no literalmente sino, mejor, literariamente y, por tanto,
magistralmente. Esa prosa es la que suscita la complicidad con el lector tan buscada
por el autor, siguiendo la conocida imagen que propuso Cortázar, la de los lectores hembra y lectores cómplice. Esa prosa hace que la trama no se entregue en
bandeja y reclama para sí lectores dedicados, que no se desanimen con las
caídas, naturales, en este camino ascendente.
También
es conocido el mencionado texto de Vargas Llosa donde se refiere a la
literatura de Cortázar como un juego. Y sí, quién podrá negarlo, pero confieso
que en esta pasada sentí que perdí la novedad del juego, era un juego conocido.
Los finales de “Vientos alisios”, “Alguien que anda por ahí” y "La noche de Mantequilla" pueden ser
intuidos páginas antes del desenlace. Eso no le quita mérito al relato, son
excelentes cuentos. No sé, quizás los juegos literarios fueron de una bomba de
tal magnitud en su obra hasta los sesenta que su onda expansiva no acaba, pero
tampoco es del todo nueva.
Está
claro que Cortázar se ha ganado un lugar entre los mejores cuentistas del siglo
no solo porque sus juegos sean ingeniosos sino porque son propios del lenguaje;
Cortázar hace en un cuento lo que no se puede hacer en ningún otro lugar, tal
como décadas después lo quiso hacer Bolaño con su narrativa, o como en el cine
lo hicieron Buñuel y Ruiz. Los juegos gramaticales de “Usted se tendió a tu
lado” y “Las caras de la medalla”, la perspectiva del narrador – más bien los narradores – de “La barca o Nueva
visita a Venecia” son intraducibles a un lenguaje que no sea el del cuento, no
hay película, canción, incluso conversación posible que pueda reproducir lo
escrito. Es la obra de un escritor-lingüista, hecho que va ganando fuerza a
medida que se suceden los relatos del libro.
Una
última reflexión: la teoría literaria ha enfatizado mucho el carácter
artificial de la literatura, y qué duda cabe, estos cuentos son un buen reflejo
de ello (por ejemplo, cuando el lenguaje de que se asemeja al oral o al fluir
de la conciencia pero que en ningún caso son efectivamente lenguaje oral o
fluir de la conciencia). Sin embargo no es menor que en el cuento “La barca…”
el tema de fondo sea la verdad.
Aristóteles dijo que un requisito de la obra poética es la verosimilitud; en
este cuento ello es buscado hasta el extremo: el narrador quiere reescribir el
cuento por no transmitir las experiencias de manera exacta. El cuento original
es verosímil, pero el autor quiere que sea verdadero y para ello lo desmenuza.
Los que hemos leído a Cortázar sabemos que técnicamente es irreprochable, este
mismo cuento no es en absoluto malo, pero que en definitiva lo que nos atrapa
es habernos encontrado en Olivera, haber revivido nuestras conversaciones al
leer Rayuela, conocer a los cronopios
y los famas, tan presentes en el papel como a nuestro alrededor. El relato
tiene una particular perdurabilidad cuando logra asir la verdad, la cual, claro
está, no tiene por qué ser histórica. Es, por llamarlo de algún modo, la verdad
de las parábolas. Recuerdo que mi profesor de Metafísica constataba que cuando
Platón quería decir en sus diálogos algo realmente importante recurría a
alegorías: ahí tenemos la caverna, el auriga con dos caballos, la media
naranja. ¿Qué verdad nos transmite Cortázar? Emoción ante lo cotidiano, una relación
autor-lector que llega al paroxismo, la alegría de jugar; el asombro ante la
inmensa cantidad de posibilidades que culminan ampliando el horizonte del
lector.
P.D.: Una anécdota personal: el cuento “Las
caras de la medalla” se parece mucho a uno que quise escribir hace un par de
años. La idea es la misma, narrar simultáneamente dos perspectivas de un mismo
hecho. Incluso se parecían en el fin, crear melancolía ante la imposibilidad de
un amor. Obviamente mi fracaso fue estrepitoso. Apreciar la solución del
problema en este cuento, una solución gramatical, ir cambiando la persona de
los sujetos de las oraciones, fue un palmoteo en la espalda: mala ejecución,
pero no mala idea. Keep it up.
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