viernes, 9 de septiembre de 2011

Juego, poesía, gramática, verdad: Alguien que anda por ahí de Julio Cortázar


                Volví a Cortázar. Hace años que no lo leía y no dejó de ser significativo: puedo decir que fue él quien me bautizó en la literatura, a los 15 años más o menos, cuando devoré Final del juego. Recuerdo que por esas fechas mi hermano fue a Argentina y le pedí que me trajera algún libro de cuentos de Cortázar; me trajo los cuentos completos. Así pude seguir con La otra orilla, Bestiario, Las armas secretas, cuya lectura me produjo un placer imborrable. En cuarto medio, a los 17, leí Historias de cronopios y de famas, Rayuela y algunos cuentos de Todos los fuegos el fuego. O sea, me embutí de Cortázar todo lo que pude. Paralelamente leía otros autores del boom. Pienso que los latinoamericanos somos privilegiados de que autores como García Márquez, Vargas Llosa, Sábato, Borges, Rulfo, Ribeyro, el mismo Cortázar sean nuestra puerta de entrada a la literatura: a todos ellos los leí en el colegio.

                Bueno, por distintas circunstancias no había retomado a Cortázar hasta esta semana, en la que me aventuré con Alguien que anda por ahí. Puede que no haya habido la misma fascinación que antaño, cuando leía y releía mis páginas favoritas de sus cuentos y de Rayuela, pero la poesía seguía igual, su prosa es poesía. Lo dice Vargas Llosa en su prólogo a los cuentos completos, es una prosa oral, que semeja el lenguaje hablado pero no literalmente sino, mejor, literariamente y, por tanto, magistralmente. Esa prosa es la que suscita la complicidad con el lector tan buscada por el autor, siguiendo la conocida imagen que propuso Cortázar, la de los lectores hembra y lectores cómplice. Esa prosa hace que la trama no se entregue en bandeja y reclama para sí lectores dedicados, que no se desanimen con las caídas, naturales, en este camino ascendente.

                También es conocido el mencionado texto de Vargas Llosa donde se refiere a la literatura de Cortázar como un juego. Y sí, quién podrá negarlo, pero confieso que en esta pasada sentí que perdí la novedad del juego, era un juego conocido. Los finales de “Vientos alisios”, “Alguien que anda por ahí” y "La noche de Mantequilla" pueden ser intuidos páginas antes del desenlace. Eso no le quita mérito al relato, son excelentes cuentos. No sé, quizás los juegos literarios fueron de una bomba de tal magnitud en su obra hasta los sesenta que su onda expansiva no acaba, pero tampoco es del todo nueva.

                Está claro que Cortázar se ha ganado un lugar entre los mejores cuentistas del siglo no solo porque sus juegos sean ingeniosos sino porque son propios del lenguaje; Cortázar hace en un cuento lo que no se puede hacer en ningún otro lugar, tal como décadas después lo quiso hacer Bolaño con su narrativa, o como en el cine lo hicieron Buñuel y Ruiz. Los juegos gramaticales de “Usted se tendió a tu lado” y “Las caras de la medalla”, la perspectiva del narrador – más bien los narradores – de “La barca o Nueva visita a Venecia” son intraducibles a un lenguaje que no sea el del cuento, no hay película, canción, incluso conversación posible que pueda reproducir lo escrito. Es la obra de un escritor-lingüista, hecho que va ganando fuerza a medida que se suceden los relatos del libro.

                   Una última reflexión: la teoría literaria ha enfatizado mucho el carácter artificial de la literatura, y qué duda cabe, estos cuentos son un buen reflejo de ello (por ejemplo, cuando el lenguaje de que se asemeja al oral o al fluir de la conciencia pero que en ningún caso son efectivamente lenguaje oral o fluir de la conciencia). Sin embargo no es menor que en el cuento “La barca…” el tema de fondo sea la verdad. Aristóteles dijo que un requisito de la obra poética es la verosimilitud; en este cuento ello es buscado hasta el extremo: el narrador quiere reescribir el cuento por no transmitir las experiencias de manera exacta. El cuento original es verosímil, pero el autor quiere que sea verdadero y para ello lo desmenuza. Los que hemos leído a Cortázar sabemos que técnicamente es irreprochable, este mismo cuento no es en absoluto malo, pero que en definitiva lo que nos atrapa es habernos encontrado en Olivera, haber revivido nuestras conversaciones al leer Rayuela, conocer a los cronopios y los famas, tan presentes en el papel como a nuestro alrededor. El relato tiene una particular perdurabilidad cuando logra asir la verdad, la cual, claro está, no tiene por qué ser histórica. Es, por llamarlo de algún modo, la verdad de las parábolas. Recuerdo que mi profesor de Metafísica constataba que cuando Platón quería decir en sus diálogos algo realmente importante recurría a alegorías: ahí tenemos la caverna, el auriga con dos caballos, la media naranja. ¿Qué verdad nos transmite Cortázar? Emoción ante lo cotidiano, una relación autor-lector que llega al paroxismo, la alegría de jugar; el asombro ante la inmensa cantidad de posibilidades que culminan ampliando el horizonte del lector.

P.D.: Una anécdota personal: el cuento “Las caras de la medalla” se parece mucho a uno que quise escribir hace un par de años. La idea es la misma, narrar simultáneamente dos perspectivas de un mismo hecho. Incluso se parecían en el fin, crear melancolía ante la imposibilidad de un amor. Obviamente mi fracaso fue estrepitoso. Apreciar la solución del problema en este cuento, una solución gramatical, ir cambiando la persona de los sujetos de las oraciones, fue un palmoteo en la espalda: mala ejecución, pero no mala idea. Keep it up.       

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