viernes, 25 de noviembre de 2011

Vacilaciones – Av. 10 de julio Huamachuco de Nona Fernández

                Todo lector tiene autores regalones. Son autores que el resto desconoce y que uno está convencido que no tienen el reconocimiento que merecen. Seguramente uno los leyó en algún momento especial, el cual siempre es recordado al volver a su obra. Y por lo general uno no tiene éxito cuando intenta compartirlos, los otros sencillamente no engancharon como uno. Puede que en algunos casos incluso haya algo de vergüenza, por no saber si esa predilección es algo argumentable o, todo lo contrario, caprichosa. Por lo dicho está claro que no me refiero a autores como Flaubert, Blest Gana, Thomas Mann, Vargas Llosa, Philip Roth u Orhan Pamuk, que son algunos de mis consentidos pero también lo son de muchos, muchísimos más. No, está claro que me refiero a regalones más disimulados. En mi caso: el autor de novelas policiales norteamericano de dudosa reputación literaria Lawrence Sanders o los novelistas del siglo XIX Juan Valera, Hector Malot y Henryk Sienkiewicz no serán muy conocidos pero vaya que influyeron en mi juvenil vocación literaria. De lo último que he leído incluiría en esta irregular lista al escritor bonio-serbio de primera mitad del siglo XX Ivo Andric, autor de una épica francamente magistral, impetuosa y humana a la vez. 
                Algo parecido – quizás en menor escala – me ocurría con Nona Fernández (Chile, 1971). Leí su novela Mapocho recién ingresado a la universidad y simplemente la devoré. Luego me encontré en San Diego con su libro de cuentos El cielo, el cual leí como un colofón del entusiasmo que provocaba el recuerdo de la lectura de Mapocho. Lo poco que había leído me bastaba para considerar a Fernández dentro de lo mejor que conocía en cuanto a literatura chilena contemporánea. El tiempo y las lecturas hacen que juicios prematuros como este se apacigüen, pero eso no quita que Nona Fernández siga siendo una de mis escritoras favoritas. La semana pasada vi en el mostrador del Bibliometro su última novela, Av. 10 de julio Huamachuco, de 2007, y no dude en cogerla.
                Por lo que conocía de la obra de Fernández y dejándome llevar por el título de esta novela pensé que me iba a encontrar con una novela de ciudad, un relato sobre, al menos, un sector de Santiago. Pero no es tanto una novela de ciudad. La historia intercala las vidas de los personajes Juan y Greta, adultos, casados, de quienes vamos descubriendo el pasado común que comparten y cómo, naturalmente, se reencuentran en determinado momento. Las vicisitudes de estos personajes dan para más cosas que una novela de ciudad, las problemáticas actuales presentes en el relato son muchas: el sinsentido de la vida laboral, el clasismo, la historia chilena reciente… Además la novela se preocupa de mostrar un poquito de técnica – es una novela que fascinaría a los pregoneros de la muerte de la novela, por lo fragmentario de su narratividad –, y un poco de intertextualidad, al ser una explícita relectura del poema La pieza oscura de Enrique Lihn. Más aún: a medida que la novela se acerca al desenlace hallamos páginas que se adentran claramente en el género de la literatura fantástica. Como se puede apreciar, tenemos un poco de todo.
                Quisiera referirme a este último aspecto, el género fantástico. Terminada mi lectura de Av. 10 de julio retomé un clásico sobre el género, Introducción a la literaturafantástica de Tzvetan Todorov. En este texto de teoría literaria Todorov sostiene que lo propio de la literatura fantástica es la vacilación: “Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural” (pág. 15). Lo fantástico se prolonga por ese instante de duda ante el desafío de explicar un acontecimiento fuera de lo particular, explicación que encausará la acción al terreno de lo extraño o de lo maravilloso. Sí, esta novela responde a tales descripciones: los acontecimientos se desarrollan más allá de la muerte, tal y como en Mapocho. “Te voy a sacar de ahí”, son las palabras decididas que repite Greta a Juan. Las reflexiones de Todorov son realmente interesantes a propósito de la función literaria y social de lo fantástico: ¿acaso no se está sacando a flote un tema cada vez más tabú, como la vida después de la muerte? La eterna pregunta sobre qué pasa con los muertos.
                Vacilación, extraño, maravilloso, fantástico… son palabras muy bellas. Un artículo del domingo pasado en laRevista de Libros, a propósito de un nuevo libro de Umberto Eco, rescata una sugerente frase del semiólogo: "Nunca he entendido por qué a Homero se lo considera un escritor creativo y a Platón no. ¿Por qué un mal poeta es un escritor creativo y un buen ensayista científico no lo es?". Esto aplica de todas maneras al texto de Todorov, el ritmo que le da a su obra teórica es exquisito. Pero aún más: sus palabras otorgan claves de comprensión para Av. 10 de julio: es una novela que vacila mucho, se cuida de no mencionar muchas cosas, de sugerir, de mantener la incertidumbre, además de la mencionada renuncia al narrador. Quizás sobró vacilación, faltó decisión, procurar un sano equilibrio entre ambos polos. La lección es que no hay que tener miedo al narrador (a Flaubert, a Blest Gana, a Roth, a Sienkiewicz, a Andric), menos aún – no creo estar errado en el juicio – con una prosa tan viva como la de Fernández. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Cosas que pasan - La hojarasca de Gabriel García Márquez

            Hace poco tuve una de las emociones más gratificantes que puede tener un lector.
            Me había levantado desganado, con un poco de dolor de estómago, algunas obligaciones no tan apremiantes… con el pie izquierdo. Tuvo que haber sido una mezcla de todos. Por lo general en estos días opto por, en la medida de lo posible, no hacer nada importante. Pero ese día tenía sí tenía algo importante por la tarde así que aproveché la mañana: me encerré en la pieza para no molestar a nadie ni molestarme con nada, para simplemente gruñir solo. Luego me comí un chocolate - creo que orgánicamente lo necesitaba -, recé, almorcé y me dediqué a leer La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez (Colombia, 1928), publicada en 1955.
            Y me subió el ánimo.
            Tal como el bajón, el cambió de ánimo se lo atribuyó a la suma de todos los factores mencionados (por eso los nombré todos, si no, no habría sido tan empalagoso), pero como estos apuntes han sido más que nada literarios - escribo de todo un poco, pero siempre de libros – me referiré sólo al texto.
            Entre paréntesis: Me da un poco de susto hacer un comentario sobre García Márquez. No solo por los límites que la interpretación supone en sí misma (posibilidad de caer en la arbitrariedad, sofocar al texto, etc.) sino por las reflexiones del propio García Márquez sobre el tema. Al leer un fragmento de un libro-entrevista a García Márquez, El olor de la guayaba, leí que le provocaban mucha curiosidad las interpretaciones que se le daban a las mariposas amarillas que rodean a Mauricio Babilonia en Cien años de soledad, porque él se inspiró en una persona real a quien por lo general lo rodeaban – me parece – polillas. Nada más.  Es la idea que desarrolla más allá, y de manera vehemente, en su discurso de aceptación del Premio Nobel: que si observamos la historia de nuestro continente veremos que la literatura latinoamericana es expresión de una realidad descomunal: “Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.”
            Esclarecido esto, ¿qué decir ahora de La hojarasca? Dos cosas, una sobre el fondo y otra sobre la forma.
            La anécdota – un viejo suicida a quien nadie en el pueblo quería enterrar - era una de las cosas que más me perturbaba porque tenía a la vista las apreciaciones que del mismo García Márquez que acabo de compartir. Es decir, me imaginaba perfectamente que en un pueblo latinoamericano, alguna vez, la gente se haya negado a enterrar a alguien por rencor. ¿Por qué no? El domingo mi papá me contó la historia de un pueblo en Argentina que hace un par de años quemó la oficina del Servicio de Impuestos del lugar. ¡Hace un par de años, ya entrado el siglo XXI! Lo que quiero decir es que consiento perfectamente la idea de Gabo de que la imaginación no es la primera fuente de inspiración para su literatura, ni siquiera para Cien años de soledad; son más bien las cosas que pasan. Si vamos a Vivir para contarla – sus memorias – vemos que La hojarasca nació como un relato sobre un sobreviviente de la guerra de 1928. La reescritura lo hizo mutar a lo que terminó siendo, un relato a tres voces sobre las costumbres de un pueblo, para favorecer así a una “verdad poética”. A propósito de esto recuerdo otro discurso, esta vez de Javier Marías al recibir el Premio Rómulo Gallegos, quien dice que a lo mejor no sea justo decir “que la novela relata lo que no ha sucedido. Quizá ocurra más bien que las novelas suceden por el hecho de existir y ser leídas y, bien mirado, al cabo del tiempo tiene más realidad Don Quijote que ninguno de sus contemporáneos históricos del siglo XVII…”    
            Y sobre la forma, solo que está muy cuidada. En la parte dedicada a García Márquez en Letras del continente mestizo (1967) de Mario Benedetti, el uruguayo dice que La hojarasca posee un “sistema contrapuntístico”, refiriéndose al uso de tres perspectivas narrativas para un mismo hecho.  El propio García Márquez en Vivir para contarla dice que durante la escritura de La hojarasca se interesaba más por la técnica que por el tema, pero al mismo tiempo, en una entrevista a Rita Guibert publicada en 7 voces (1974), dice que La hojarasca “Es el [libro] más espontáneo, el que está escrito con más dificultades, con menos recursos técnicos. Sabía entonces menos astucias, menos porquerías de escri­tor. Es un libro que lo encuentro bastante torpe, bastante inde­fenso, pero completamente espontáneo y de una sinceridad tan bruta que ya no la tienen los demás. Yo sé hasta qué punto La hojarasca sale de las tripas al papel. Los demás también salen de las tripas, pero ya hay un aprendizaje..., se los elabora, se los cocina, se les echa sal y pimienta”. Todo esto lo sintetiza Benedetti de la siguiente manera: “En La hojarasca, García Márquez todavía no tiene la mano segura que escribirá los mejores cuentos y El coronel. Todavía se nota el implacable trazado de zonas,  la excesiva preocupación por los cruces peripécicos, cierta intención de distanciamiento que, en algunos capítulos, desvitaliza a los personajes. Aun con tales descuentos, no deben ser muchos los escritores latinoamericanos que hayan inaugurado su carrera literaria con un libro tan bien estructurado, tan austeramente escrito y tan artísticamente válido”.
            Y para un lector en aprendizaje como uno no está nada mal.
            Ahora puedo identificar más claramente qué fue lo que me levantó el ánimo, junto con el chocolate, la oración y el almuerzo: una historia verdadera y una novela bien cuidada. Personalmente, no le pido más a un libro.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Repeticiones – “Pierre Menard, autor del Quijote” de Jorge Luis Borges


A Danilo, por enseñarme cosas más allá de la música.  

                Estaba en mis clases de piano – no piensen nada extraordinario, por favor, más bien lo contrario – viendo con mi profesor una melodía de Schumann (esta, si quieres escucharla). Tiene unos 20 compases pero, tal como ocurre en muchas canciones, tiene partes que se van repitiendo. Para el aprendizaje de la pieza, lógico, dividimos la canción en unas cuantas partes y las repasábamos separadamente. Al terminar de estudiar una de ellas, Danilo me dijo:
                -Ahora veamos esta.
                -Pero si es igual a la que vimos recién– le digo.
                -¡Ah! – exclamó, riendo victorioso. ¿Son iguales?
                -¿Qué? ¿La leí mal?
                -No, no me refiero a eso. Las notas son las mismas, pero ¿son iguales?
                La respuesta no es simple. Sí, son las mismas notas. Pero claro, evidentemente una parte no es la misma parte que la otra, son dos. Danilo me quiso ilustrar con un ejemplo:
                -Te gusta el fútbol, ¿no? Piensa un partido que estás jugando y hay un gol en el minuto 70. ¿Es lo mismo meterlo habiendo jugado todo el partido que habiendo entrado cinco minutos antes? Si has jugado desde el comienzo estás más cansado, estás transpirado, a lo mejor has peleado y por eso ves que el gol es fruto de un esfuerzo. Pero si entraste hace cinco minutos no estás ni cansado, a lo mejor ni te diste cuenta que metiste un gol y que destrabaste el partido, sigues jugando. Es el mismo gol, pero no es lo mismo. – Silencio – Creo que no me entendiste.
                Sí, en ese mismo momento no entendí mucho. Ahora, algunas horas más tarde lo entiendo mejor. Y claro, el gol cuenta como uno en ambos casos, pero no es el mismo gol. En lo que pensaba en ese momento, y que procedí a compartir con mi profesor, era en el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote” de Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986), de 1939.
                Es un cuento conocido: Pierre Menard, escritor francés de comienzos del siglo XX, quiere escribir el Quijote. Entiéndase bien: como dice el narrador, “No quería componer otro Quijote – lo cual es fácil – sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir páginas que coincidieran - palabra por palabra y línea por línea - la obra de Miguel de Cervantes”. ¿La motivación de semejante empresa? Aunque no me queda tan zanjada, el autor menciona como tal dos textos: uno de Novalis en el que “esboza el tema de la total identificación con un autor determinado” y otro “texto parasitario”, de esos “que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiere o a Don Quijote en Wall Street (…), sólo aptos – decía [Menard] – para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales”. ¿El resultado? Una obra heroica pero inconclusa, de la cual poseemos solo los capítulos IX y XXXVIII de la primera parte de Don Quijote y un fragmento del XXII.
                Siguiendo con este cuento fantástico o chiste, según el lector prefiera, el narrador hace una lectura comparada de ambos Quijotes, inclinándose a favor del de Menard. Dice que “el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes”, que el fallo de Don Quijote en el discurso de las armas y las letras a favor de las primeras (capítulo XXXVIII) en Cervantes se explica pero en el de Menard tiene múltiples interpretaciones. Y así varias cosas más. “El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico”.
                Se ha escrito mucho sobre este cuento; principalmente que Borges mató al autor, entendiendo ello como que la lectura del texto es más importante que el texto mismo. Entrar en esas disquisiciones rebasa ampliamente los límites de este post. Por ahora me abocaré a la última idea del párrafo anterior: textos idénticos, valoración distinta. ¿Por qué? ¿Hay algo distinto en ellos además de la interpretación del lector? Sí, dos cosas: la circunstancia histórica en la que fueron escritos y las experiencias subjetivas del escritor. Considerando la primera cuestión hallamos un Quijote escrito en pleno Siglo de Oro y otro en el auge de las vanguardias; considerando la segunda tenemos a un escritor que domina el español de finales del siglo XVI y otro cuya lengua materna es el francés. Bajo estas observaciones, claramente son textos distintos. Lo mismo ocurría con mis líneas de Schumann: hay una que está más al comienzo de la pieza y otra que está más al final. Eso ya las hace ser distintas. Estiremos un poco más el elástico: si este servidor llegase a ejecutar la canción que estaba estudiando como lo hiciera Schumann (algún día...), ¿ambas tendrían la misma valoración? La respuesta está de más. Parece que cuando hablamos de la interpretación de un texto y la interpretación de una pieza no estamos hablando de cosas tan alejadas entre sí.
                Me quedé pensando en esto por algún tiempo. Después de la clase, además de releer a Borges, pensé en las repeticiones que vivimos permanentemente: gente, horarios, rutina; esa extraña sensación de que todos los días son iguales. ¿Son iguales? Como los Quijotes, como las piezas musicales: sí y no. A lo largo del día podrán repetirse patrones pero no el día en sí mismo; la vida no consiste en repeticiones exactas, es más, mucho más que eso. Hay que captar lo original de cada día.
                Reconozco que tenía una aprensión: esas cosas que están siempre presente en mi vida, siempre igual, esas personas, esas opciones, ¿acaso ellas no se repiten exactamente igual, un día tras otro? En concreto: ¿Dios es siempre igual y se termina secando en la rutina? No, de ninguna manera; de otro modo, san Agustín no lo habría llamado admirablemente “hermosura siempre antigua y siempre nueva” (Conf. X, 28). Y menos habría dicho Dios de sí mismo: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

P.D.: El final de este post tiene una deuda notoria, por no decir descarada, con el capítulo número 16, correspondiente al 3 de noviembre de 2011, del blog de mi amiga Luisa Rivera La otra pausa. También a ella, humildemente, van dedicadas estas palabras.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un affaire filosófico: El existencialismo es un humanismo de Jean-Paul Sartre


                Estoy a un mes de rendir mi examen de síntesis filosófica, un momento bisagra dentro de mi formación sacerdotal. Esto me ha recordado que también estudio filosofía. Y si bien tengo claro que lo mío es la literatura, no voy a negar que con la filosofía nos llevamos bien. Es más, a veces hay periodos en los que nos llevamos muy bien y pienso de manera bastante natural que podría dedicarle todavía más; pero bueno, Dios dirá que pasa y estas alturas para mí la literatura es un deber. Voy a utilizar una analogía que le leí hace poco a Vargas Llosa: con la filosofía me he pegado revolcones que me han hecho valorar mi matrimonio con la literatura. En fin, pido perdón por el exabrupto y doy por justificado el objeto del presente post: El existencialismo es un humanismo de Jean-Paul Sartre (Francia, 1905-1980), publicado en 1946.
                Este ensayo es  fruto de una conferencia que dictó Sartre en octubre del 45 en París, cuya transcripción devino en este librito (en la edición que leí consta de 52 páginas, incluidas las objeciones posteriores que los auditores hicieron tras la misma conferencia). Ha sido considerado la principal puerta de entrada - por lo breve y concisa - a la filosofía existencialista, si es que es posible tal cosa. Digo esto último porque, siguiendo a Leo Gabriel (Filosofía de la existencia, BAC, 1968), antropólogo austriaco, las variaciones del pensamiento existencialista son en sí múltiples. Como si para la diversidad no fueran suficientes las distintas perspectivas desde las cuales es posible abordar la obra de Kierkegaard, Heidegger, Camus, Sartre y Jaspers.
                Bueno, el punto es que yo también tuve mi propio acercamiento: los estudios de filosofía en el Seminario. En este contexto tuve la oportunidad de disfrutar de esas clases testimoniales del profesor Rolando Salinas, quien nos reconoció que la lectura de Sartre fue decisiva en su vocación filosófica; en efecto, el Maestro estudió en Europa y no solo leyó, como uno, sino que vivió lo que fue Mayo del 68. Pero nos decía algo más: que personalmente encontraba que de esta filosofía, la existencialista, con el curso de los años no iba a quedar nada. Esta opinión del profesor Salinas contrasta con quienes dicen que el existencialismo es la filosofía del siglo XX por antonomasia; quizás eso se puede sostener considerando su popularidad, pero en cuanto al aporte sólido a la historia de la filosofía, el profesor se queda con Husserl y Wittgenstein. Análogamente podemos mencionar la opinión del citado Gabriel, quien dice que la filosofía de Sartre es muy sugerente sobre el período histórico que se estaba viviendo (posguerra, Guerra Fría, etc.)
                Otro flanco de acercamiento, más conceptual y menos existencial (ja), fue el curso de Teodicea, disciplina que estudia la naturaleza de Dios a partir de la razón natural. Una etapa del programa es ver las críticas que surgen a la idea de Dios en Marx, Nietzsche y Sartre. En el caso de este último, en El existencialismo es un humanismo define su ateísmo como una cuestión de coherencia. Existen existencialistas (ja, ja) cristianos, como Jaspers o Marcel, pero Sartre encuentra que si la existencia precede a la esencia, y eso implica que no hay una esencia de hombre preconcebida para todos – salvo la libertad –, es más sensato prescindir de Dios. “El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del existencialismo”.
                OK, entendida la crítica a la idea de Dios, quien en estricto rigor no es tanto criticado sino más bien suspendido. Sartre también podría decir que no es él quien lo ha suspendido, es algo que viene desde la filosofía de la Ilustración hasta Nietzsche y, según Sartre, Heidegger. Pero encuentro sumamente llamativo que para justificarse apele a dos autores profundamente religiosos: Kierkegaard y Dostoievski. De este último cita sus palabras: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Sí, pero es una oración en condicional. La libertad como absoluto está enmarcada en una oración en condicional.      
                En El existencialismo es un humanismo se encuentran dos frases que se han vuelto los slogans de esta filosofía. El primero de ellos es que el hombre está condenado a ser libre (de hecho, es el epígrafe del título en la edición que leí, Folio). Pero esto es solo una consecuencia del otro presupuesto-slogan: la existencia precede a la esencia. Una vez que aceptas esa premisa como una verdad metafísica, claro que nos vamos por un tubo: no hay un plan preconcebido por nadie para ti, la libertad es tu único absoluto, puedes vivir como si Dios no existiera o, mejor dicho, que Dios exista o no es irrelevante ya que el sentido de la vida es aquel que tú le quieras dar. Sí, pero el punto es: ¿la existencia precede a la esencia? La dificultad de esta frase radica en que, por cómo está formulada, parece una cuestión temporal: primero existo, después le doy un sentido a mi existencia. Pienso que aquí está el enredo: esencia y existencia tienen una relación ontológica que trasciende la temporalidad. Mejor lo dijo Santo Tomás de Aquino: “La existencia es el acto de la esencia”.
                Con el tiempo se ha caído más en la cuenta de lo insostenible en el tiempo que era tal doctrina, además de las profundas interrogantes que suscita como sistema: ¿Por qué ese énfasis en la responsabilidad del hombre, si todo está permitido? ¿Cúales son los criterios últimos por los que se le debe dar sentido a la vida? No obstante, a pesar de cualquier aprensión a sus preceptos, por lo que nos contaba el profesor Salinas y por lo que uno puede apreciar de cualquier persona que cuente sus deambulaciones existencialistas de segunda mitad de siglo XX, Sartre y el existencialismo la llevaban. Hay que reconocer el atractivo de un personaje versátil que, además de filosofar, escribía novelas y teatro (mi esfuerzo por leer La náusea a los 15 años debe haber durado tres páginas, sin exagerar). No sé si perdurará su filosofía, pero habrá que seguir teniéndolo presente aunque sea para recordar lo influyente que fue un intelectual para las masas de una época. A propósito, una pregunta, que formulo con sinceridad y sin ánimo de criticar por criticar: hoy, ¿quién le aporta reflexión crítica a nuestras masas?