Me había levantado desganado, con un
poco de dolor de estómago, algunas obligaciones no tan apremiantes… con el pie
izquierdo. Tuvo que haber sido una mezcla de todos. Por lo general en estos
días opto por, en la medida de lo posible, no hacer nada importante. Pero ese
día tenía sí tenía algo importante por la tarde así que aproveché la mañana: me
encerré en la pieza para no molestar a nadie ni molestarme con nada, para
simplemente gruñir solo. Luego me comí un chocolate - creo que orgánicamente lo
necesitaba -, recé, almorcé y me dediqué a leer La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez
(Colombia, 1928), publicada en 1955.
Y me subió el ánimo.
Tal como el bajón, el cambió de
ánimo se lo atribuyó a la suma de todos los factores mencionados (por eso los
nombré todos, si no, no habría sido tan empalagoso), pero como estos apuntes
han sido más que nada literarios - escribo de todo un poco, pero siempre de
libros – me referiré sólo al texto.
Entre paréntesis: Me da un poco de
susto hacer un comentario sobre García Márquez. No solo por los límites que la
interpretación supone en sí misma (posibilidad de caer en la arbitrariedad,
sofocar al texto, etc.) sino por las reflexiones del propio García Márquez
sobre el tema. Al leer un fragmento de un libro-entrevista a García Márquez, El olor de la guayaba, leí que le provocaban
mucha curiosidad las interpretaciones que se le daban a las mariposas amarillas
que rodean a Mauricio Babilonia en Cien
años de soledad, porque él se inspiró en una persona real a quien por lo
general lo rodeaban – me parece – polillas. Nada más. Es la idea que desarrolla más allá, y de
manera vehemente, en su discurso de aceptación del Premio Nobel: que si
observamos la historia de nuestro continente veremos que la literatura
latinoamericana es expresión de una realidad descomunal: “Una realidad que no
es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de
nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de
creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano
errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas
y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de
aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación,
porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos
convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de
nuestra soledad.”
Esclarecido esto, ¿qué decir ahora
de La hojarasca? Dos cosas, una sobre
el fondo y otra sobre la forma.
La anécdota – un viejo suicida a
quien nadie en el pueblo quería enterrar - era una de las cosas que más me
perturbaba porque tenía a la vista las apreciaciones que del mismo García
Márquez que acabo de compartir. Es decir, me imaginaba perfectamente que en un
pueblo latinoamericano, alguna vez, la gente se haya negado a enterrar a
alguien por rencor. ¿Por qué no? El domingo mi papá me contó la historia de un
pueblo en Argentina que hace un par de años quemó la oficina del Servicio de
Impuestos del lugar. ¡Hace un par de
años, ya entrado el siglo XXI! Lo que quiero decir es que consiento
perfectamente la idea de Gabo de que la imaginación no es la primera fuente de
inspiración para su literatura, ni siquiera para Cien años de soledad; son más bien las cosas que pasan. Si vamos a Vivir para contarla – sus memorias –
vemos que La hojarasca nació como un
relato sobre un sobreviviente de la guerra de 1928. La reescritura lo hizo
mutar a lo que terminó siendo, un relato a tres voces sobre las costumbres de
un pueblo, para favorecer así a una “verdad poética”. A propósito de esto
recuerdo otro discurso, esta vez de Javier Marías al recibir el Premio Rómulo Gallegos, quien dice que a lo mejor no sea justo decir “que la novela relata lo que
no ha sucedido. Quizá ocurra más bien que las novelas suceden por el hecho de
existir y ser leídas y, bien mirado, al cabo del tiempo tiene más realidad Don
Quijote que ninguno de sus contemporáneos históricos del siglo XVII…”
Y
sobre la forma, solo que está muy cuidada. En la parte dedicada a García
Márquez en Letras del continente mestizo (1967)
de Mario Benedetti, el uruguayo dice que La
hojarasca posee un “sistema contrapuntístico”, refiriéndose al uso de tres
perspectivas narrativas para un mismo hecho. El propio García Márquez en Vivir para contarla dice que durante la
escritura de La hojarasca se
interesaba más por la técnica que por el tema, pero al mismo tiempo, en una
entrevista a Rita Guibert publicada en 7
voces (1974), dice que La hojarasca “Es el [libro] más espontáneo, el que está escrito con más
dificultades, con menos recursos técnicos. Sabía entonces menos astucias, menos
porquerías de escritor. Es un libro que lo encuentro bastante torpe, bastante indefenso,
pero completamente espontáneo y de una sinceridad tan bruta que ya no la tienen
los demás. Yo sé hasta qué punto La hojarasca sale de las
tripas al papel. Los demás también salen de las tripas, pero ya hay un
aprendizaje..., se los elabora, se los cocina, se les echa sal y pimienta”. Todo esto lo sintetiza Benedetti
de la siguiente manera: “En La hojarasca,
García Márquez todavía no tiene la mano segura que escribirá los mejores
cuentos y El coronel. Todavía se nota
el implacable trazado de zonas, la
excesiva preocupación por los cruces peripécicos, cierta intención de
distanciamiento que, en algunos capítulos, desvitaliza a los personajes. Aun
con tales descuentos, no deben ser muchos los escritores latinoamericanos que
hayan inaugurado su carrera literaria con un libro tan bien estructurado, tan
austeramente escrito y tan artísticamente válido”.
Y para un lector en aprendizaje como
uno no está nada mal.
Ahora puedo identificar más claramente
qué fue lo que me levantó el ánimo, junto con el chocolate, la oración y el
almuerzo: una historia verdadera y una novela bien cuidada. Personalmente, no
le pido más a un libro.
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