A Danilo, por
enseñarme cosas más allá de la música.
Estaba
en mis clases de piano – no piensen nada extraordinario, por favor, más bien lo
contrario – viendo con mi profesor una melodía de Schumann (esta, si quieres escucharla).
Tiene unos 20 compases pero, tal como ocurre en muchas canciones, tiene partes
que se van repitiendo. Para el aprendizaje de la pieza, lógico, dividimos la
canción en unas cuantas partes y las repasábamos separadamente. Al terminar de estudiar una de ellas, Danilo me dijo:
-Ahora
veamos esta.
-Pero
si es igual a la que vimos recién– le digo.
-¡Ah!
– exclamó, riendo victorioso. ¿Son iguales?
-¿Qué?
¿La leí mal?
-No,
no me refiero a eso. Las notas son las mismas, pero ¿son iguales?
La
respuesta no es simple. Sí, son las mismas notas. Pero claro, evidentemente una
parte no es la misma parte que la otra, son dos. Danilo me quiso ilustrar con
un ejemplo:
-Te
gusta el fútbol, ¿no? Piensa un partido que estás jugando y hay un gol en el
minuto 70. ¿Es lo mismo meterlo habiendo jugado todo el partido que habiendo
entrado cinco minutos antes? Si has jugado desde el comienzo estás más cansado,
estás transpirado, a lo mejor has peleado y por eso ves que el gol es fruto de
un esfuerzo. Pero si entraste hace cinco minutos no estás ni cansado, a lo
mejor ni te diste cuenta que metiste un gol y que destrabaste el partido, sigues
jugando. Es el mismo gol, pero no es lo mismo. – Silencio – Creo que no me
entendiste.
Sí,
en ese mismo momento no entendí mucho. Ahora, algunas horas más tarde lo entiendo
mejor. Y claro, el gol cuenta como uno en ambos casos, pero no es el mismo gol.
En lo que pensaba en ese momento, y que procedí a compartir con mi profesor,
era en el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote” de Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986), de 1939.
Es
un cuento conocido: Pierre Menard, escritor francés de comienzos del siglo XX,
quiere escribir el Quijote. Entiéndase bien: como dice el narrador, “No quería
componer otro Quijote – lo cual es fácil – sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción
mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era
producir páginas que coincidieran - palabra por palabra y línea por línea - la
obra de Miguel de Cervantes”. ¿La motivación de semejante empresa? Aunque no me
queda tan zanjada, el autor menciona como tal dos textos: uno de Novalis en el
que “esboza el tema de la total
identificación con un autor determinado” y otro “texto parasitario”, de
esos “que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiere o a Don
Quijote en Wall Street (…), sólo aptos – decía [Menard] – para ocasionar el
plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea
primaria de que todas las épocas son iguales”. ¿El resultado? Una obra heroica
pero inconclusa, de la cual poseemos solo los capítulos IX y XXXVIII de la
primera parte de Don Quijote y un
fragmento del XXII.
Siguiendo
con este cuento fantástico o chiste, según el lector prefiera, el narrador hace
una lectura comparada de ambos Quijotes,
inclinándose a favor del de Menard. Dice que “el fragmentario Quijote de Menard
es más sutil que el de Cervantes”, que el fallo de Don Quijote en el discurso
de las armas y las letras a favor de las primeras (capítulo XXXVIII) en
Cervantes se explica pero en el de Menard tiene múltiples interpretaciones. Y
así varias cosas más. “El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente
idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico”.
Se
ha escrito mucho sobre este cuento; principalmente que Borges mató al autor, entendiendo ello como que la lectura del texto es más importante que el texto
mismo. Entrar en esas disquisiciones rebasa ampliamente los límites de este
post. Por ahora me abocaré a la última idea del párrafo anterior: textos
idénticos, valoración distinta. ¿Por qué? ¿Hay algo distinto en ellos además de
la interpretación del lector? Sí, dos cosas: la circunstancia histórica en la
que fueron escritos y las experiencias subjetivas del escritor. Considerando la
primera cuestión hallamos un Quijote escrito en pleno Siglo de Oro y otro en el
auge de las vanguardias; considerando la segunda tenemos a un escritor que
domina el español de finales del siglo XVI y otro cuya lengua materna es el
francés. Bajo estas observaciones, claramente son textos distintos. Lo mismo ocurría con mis líneas de Schumann: hay una que está más al comienzo de la pieza
y otra que está más al final. Eso ya las hace ser distintas. Estiremos un poco
más el elástico: si este servidor llegase a ejecutar la canción que estaba estudiando como lo hiciera Schumann (algún día...),
¿ambas tendrían la misma valoración? La respuesta está de más. Parece que cuando hablamos de la interpretación de un texto y
la interpretación de una pieza no estamos hablando de cosas tan alejadas entre sí.
Me
quedé pensando en esto por algún tiempo. Después de la clase, además de releer
a Borges, pensé en las repeticiones que vivimos permanentemente: gente,
horarios, rutina; esa extraña sensación de que todos los días son iguales. ¿Son
iguales? Como los Quijotes, como las piezas musicales: sí y no. A lo largo del día podrán
repetirse patrones pero no el día en sí mismo; la vida no consiste en
repeticiones exactas, es más, mucho más que eso. Hay que captar lo original de cada día.
Reconozco
que tenía una aprensión: esas cosas que están siempre presente en mi vida, siempre
igual, esas personas, esas opciones, ¿acaso ellas no se repiten exactamente igual, un día tras
otro? En concreto: ¿Dios es siempre igual y se termina secando en la rutina? No, de ninguna manera; de otro modo, san
Agustín no lo habría llamado admirablemente “hermosura siempre antigua y
siempre nueva” (Conf. X, 28). Y menos
habría dicho Dios de sí mismo: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
P.D.: El final de este post tiene una deuda notoria, por no decir descarada, con el capítulo número 16, correspondiente al 3 de noviembre de 2011, del blog de mi amiga Luisa Rivera La otra pausa. También a ella, humildemente, van dedicadas estas palabras.
Al leer el fragmento (paralelamente escuchaba la música de Schumann) pensaba en esto como una puerta, que se abría para dejar pasar algo que ya había pensado con anterioridad: el tema de la repetición; y cuánto más leía (es decir avanzaba en la lectura de las palabras) Pierre Menard y el Quijote eran otras puertas. E inmediatamente vino a mi mente la frase "Esto lo estoy tocando mañana" puesto en boca de Johnny Carter en el cuento "El perseguidor" por Julio Cortázar. Y vi simultáneamente a mi amigo David Gatica, hablándome, del tema con mucha más agudeza literaria. Esto lo estoy diciendo mañana. Esto lo estoy diciendo mañana. Siempre pensé en la gran obra de Borges no como un laberinto, sino como un mapa, pero inconcluso. Gracias por compartir esa reflexión.
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