Escribir
estando de vacaciones tiene, al menos para mí, una complejidad: no tener mi
biblioteca a mano. Podría sencillamente escribir sobre cosas que no requieran
apelar a lo que he leído, o al menos a lo que he leído que no pueda releer ahora,
pero no quiero dejar pasar más tiempo sin escribir algunas ideas sobre una
novela que leí hace ya un mes y medio: Libertad,
de Jonathan Franzen (Estados Unidos, 1959-).
Ha
sido una de las traducciones al castellano más esperadas y publicitadas del
último tiempo, ¿no es así? Que habían pasado diez años de la última novela de
Franzen, que ahora pretendía construir un mosaico sorbe la actualidad de la
cultura americana, que había sido una irrupción su publicación en inglés; todos lo escuchamos. Por
varios lados se estaba calentando la sopa, incluyendo una visita a Chile y
algunas entrevistas.
La
traducción al castellano - castellano de España, por supuesto - llegó en
octubre e hice algo que hacía tiempo no hacía: comprarme el libro sin habérmelo
leído. Mis recursos y mis intereses me habían hecho decidir que de ahora en adelante solamente me compraría libros que valiera la pena releer, de manera que en la práctica he estado
leyendo libros entre prestados y sacados de bibliotecas y comprando aquello a
lo que, pienso, algún día podré volver a acudir. Pero las expectativas y una
tentadora oferta por internet tiraron mi risible administración por la borda. Y hoy, más de un mes después de haber terminado esa lectura y de vacaciones, lejos de mi libro, volveré a él solo con mi memoria.
Lo
primero que se me viene a la mente al recordar Libertad es un pasaje de 2666,
de Bolaño. En el segundo libro, un personaje – el farmacéutico – se queja de la
literatura actual porque gran parte de la narrativa que se publica son
novelitas cortas, ejercicios narrativos, pero ninguna empresa mayor, ningún
riesgo, al modo del Moby Dick de
Melville. Una opinión así, tan tajante, por supuesto que se cae por su generalización,
pero si tratamos de salvar la proposición del prójimo… puede ser. Hoy se
publica mucho pero de a poco (y dentro de esas novelitas cortas algunas pequeñas
obras maestras, como Chesil Beach de
Ian McEwan, del 2010), de modo que lo primero que debemos agradecer de Libertad es su osadía o, mejor dicho, su
ambición. Y digámoslo así: su descarada ambición, cuyo primer testimonio son
sus 672 páginas. Todo lector sabe que existen historias que bien valen el largo
aliento, pero no siempre ellas encuentran el correspondiente talento necesario
por parte del escritor o, quizás, el coraje por parte del mismo escritor para
emprender la empresa. A propósito, dijo el mismo Franzen en una entrevista a
“El Cultural” de España: “Siempre he buscado un tono en el que el lector se
pueda sentir en buenas manos. Placer intelectual, emocional, lingüístico y
estético. Es cierto que voy a adentrar al lector en terrenos morales extraños,
pero quiero que se sienta seguro, porque lo guía alguien que no está siendo
controlado por este material. Cuando alguien tiene el tono correcto en la
primera página del libro, confío en él, sé que está por encima de lo que
escribe”.
Habría
sido interesante escuchar el tono de voz con que Franzen dijo estas palabras, a
ver si hallamos en ella algo de falsa modestia. Como sea, no lo pudo haber
dicho mejor: Franzen nos ha adentrado en terrenos misteriosos, pero por un
camino fascinante y adictivo: su prosa y su dominio de la forma de la novela.
Libertad, ya desde su título, es una
novela endemoniadamente inteligente. Narra la vida de una familia americana
desde la adolescencia de los cónyuges hasta su desmoronamiento tras 26 años de
matrimonio y dos hijos. Sucintamente podríamos decir que todos los personajes
de la familia y de la novela en general son héroes: son buenas personas,
honestas y tienen buenas intenciones; sin embargo, a pesar de todo, algo no funcionó.
Los telones de fondo de la narración solo hacen que el cuestionamiento adquiera
mayor profundidad, y digo telones porque hay que reconocer dos: el primero, el
propio del relato, va desde la administración de Nixon hasta la elección de
Obama con todo lo que este periodo de tiempo incluye, política y culturalmente;
el segundo, el propio de la lectura, es la conciencia cada vez mayor de que en
nuestras opciones sociales, que en definitiva son existenciales, hay cosas a
las que le debiéramos dar una vuelta. Y sabemos que esta conciencia la estamos adquiriendo en Estados Unidos, en Chile, en Israel y en muchas otras partes.
Confieso
una experiencia de mi lectura: a la vez que leía acaloradamente, reconocía en mí el
espanto que me generaba contemplar con tanta verosimilitud una posible historia
de mi propia familia; no ha sido así, así ha podido ser, no cabe duda. Así puede ser. La voz de Franzen no es tanto
la de un profeta de calamidades como una voz de alerta. Recuerdo las palabras
de san Pablo: “Todo me es lícito, mas no todo me conviene” (1 Co 6,12). Por
eso, me parece que hay que leer la obra de Franzen más bien como un testimonio
artístico-social. Han habido otros escritores, artistas y humanistas en general
que han intentado aportar con lo suyo; en el ámbito de la novela pienso
fundamentalmente en la obra de Philip Roth, de la cual me parece que la de
Franzen es, en su temática, deudora. En el cine estadounidense también contamos con la obra de Alexander Payne. Pero además también es un testimonio de herencia
literaria, como muchas veces ya se ha subrayado, de la tradición decimonónica.
La de Melville, al fin y al cabo. Y en Libertad,
más claramente, la de Tolstoi.
Por lo
mismo Franzen se aleja de la novela tesis, la obra panfleto, para ofrecernos
sus dudas, sus contradicciones, esas que también, sin duda, reconozco como mías.
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