Hace
un par de días, conversando con unos amigos, llegamos al tema de la literatura
japonesa. Está lejos de ser mi fuerte y me quedó claro que tengo bastante con
qué ponerme al día: Yasunari Kawabata, Kenzaburo Oe, Shasaku Endo… Me salvé de quedarme
mudo gracias a Haruki Murakami (1949), el best seller japonés, de quien pude
leer hace algunos meses Tokio blues
(Norwegian Wood), novela publicada en 1987.
¿Por
dónde partir? Difícil pregunta, Tokio
blues es una novela que se puede abordar por donde se quiera. Quizás lo más
evidente, ya desde el título, es que es una novela de ciudad (aunque en otros
idiomas se habla de esta novela simplemente como Norwegian Wood). La historia de Toru Watanabe, Naoko y Midori
transcurre – obvio – en Tokio, pero en muchos lugares de Tokio, ciudad que no
conozco pero que me imagino inmensa y seguramente debe ser muchos lugares a la
vez, como cualquier metrópoli latinoamericana. Esto de por sí ya es
interesante; Antonio Muñoz Molina, al abordar la relación entre novela y ciudad, se
refirió a ellas como “dos formas de comprimir y de ordenar el mundo, dos
construcciones orgánicas y abarcadoras en las que cada experiencia singular,
cada detalle, cada historia, cobraban su pleno sentido en la unidad de
concepción de la trama” (ver su columna "La ciudad y la novela"). Estas novelas, sin ser crónicas, además de
ser historias son momentos, viajes, experiencias, imágenes: verdaderos
paseos.
Otra
posible respuesta es a partir del subgénero del cual sin dudas Tokio blues es parte: el clásico Bildungsroman o “novela de formación”. Tal como en Retrato de un artista adolescente, Demian, El
guardián entre el centeno o nuestra más cercana Mala onda, nos hallamos ante un protagonista joven que vive
situaciones límite, las cuales lo conducen necesariamente hacia una maduración.
En este caso, Watanabe, que acaba de ingresar a la universidad, vive el
suicidio de su mejor amigo para luego relacionarse con quien fuera la novia del
mismo. La novela es larga y se involucran más situaciones y personajes. Los
sucesos pueden llevar a pensar que no ha habido maduración o hallazgo de alguna
certeza, pero eso es normal en las novelas de formación; lo que no se puede
negar es que hay un camino recorrido por el protagonista, motivado en gran
parte por la búsqueda de algo más sincero que lo que normalmente se le ofrece.
Así leemos las últimas palabras de Watanabe: “Quiero hablar contigo. Tengo
muchas cosas que contarte. Eres lo único que deseo en este mundo. Necesito
verte. Quiero empezar una vida nueva a tu lado”. (Si le interesa el tema, heaquí un ensayo en internet bien interesante sobre el Bildungsroman)
Pero
la ciencia de Murakami es más que sumar elementos de las tradiciones novelescas
mencionadas, pues agrega un elemento nuevo: la melancolía (otra vez, el título: blue en inglés también es “triste”). Tokio blues podría ser considerada una novela sobre la sociedad
moderna, pero hay que tener presente la salvedad de que es sumamente
melancólica, adjetivo que explícitamente no se aplica para nuestros tiempos,
solo en un segundo momento. O dicho desde otra perspectiva, si buscamos
poéticas que den cuenta del abatimiento de nuestros tiempos podríamos pensar en
poesía, cine o cierta música, pero, oh sorpresa, Murakami nos ofrece una
novela. El tono con el que se nos describe la contemporaneidad no es
desesperanzado y vacío, como ocurre en La
posibilidad de una isla de Michel Houllebecq o Dinero de Martin Amis. En estas novelas también hay historias de
excesos, pero Murakami no cae en el sinsentido o en la autodestrucción; hay
destinos dudosos pero también hay arrepentimiento. El protagonista escribe en
retrospectiva: “‘¿Adónde hemos ido?’, pienso. ‘¿Cómo ha podido ocurrir una cosa
así? Todo lo que parecía tener más valor – ella, mi yo de entonces, nuestro
mundo - ¿adónde ha ido a parar?’” Se acerca bastante a Hesse, a quien Watanabe
lee durante la novela. Me parece que estos elementos, además de darle una
perspectiva nueva y más perspicaz sobre los temas que se tocan, hacen que, desde
su formalidad, la novela desarrolle mucho mejor el relato, al darle mayor profundidad a la historia y a
los personajes.
En
su composición, dos apuntes breves: 1) es una novela occidental, no
encontraremos haikus o cuentos como los de Akutugawa, con opciones narrativas
inéditas en comparación a las que conocemos a este lado del mundo. 2) es de una intertextualidad avasalladora.
Watanabe lee y lee libros que son clave de comprensión de la historia: además
del citado Hesse, El guardián entre el
centeno de Salinger, El gran Gatsby de
Fitzgerald y las tragedias de Eurípides. Lo mismo ocurre con la música. Sí, una
vez más, el título: Norwegian Wood,
la tristona canción de The Beatles, es una de las tantas que se aluden. No sigo
porque las intertextualidades son demasiadas, muchas más de las que capto
cabalmente y porque me quiero referir a la que más me interesa: La montaña mágica de Thomas Mann.
Ahora
escribo en mi condición de lector-en-situación. En el transcurso de la novela
Naoko decide abandonar la universidad para curarse de sus “heridas” e ingresa a
un sanatorio “en las montañas de Kioto”: la Residencia Ami. Cuando Watanabe
tiene la posibilidad de visitarla lo recibe Reiko, con quien tienen un diálogo
en el que reproducen las palabras más sabias que he leído últimamente sobre el
tema de la comunidad. Vivo en
comunidad y leí esas páginas como si hubiesen sido escritas para mí (de cierta
manera, de hecho lo fueron). Reiko dice:
“Esto
no es un hospital convencional. Aquí no se recibe tratamiento, este es un lugar
de recuperación. (…) La cura de recuperación es, en sí misma, la vida que
llevamos aquí. Horarios fijos, ejercicios, aislamiento del mundo exterior,
tranquilidad, aire puro. Aquí tenemos campos de cultivo, y casi somos
autosuficientes. No hay televisión, ni radio. Parece una comuna de esas que
están de moda”. Y después, al hablar sobre el origen de la Residencia: “Algunas
enfermedades mentales podían curarse si los enfermos vivían en un lugar
apartado, ayudándose unos a otros”. Y algo más:
“Muchas
otras [personas], a quienes no les habían funcionado otras terapias, aquí se
recuperan y hacen vida normal. Lo mejor es la ayuda mutua. Como todos sabemos
que somos imperfectos, intentamos ayudarnos los unos a los otros. Por
desgracia, en unos lugares el médico es el médico y el paciente, el paciente.
El paciente pide ayuda al médico y este se la ofrece. Pero aquí nos ayudamos
los unos a los otros. (…) Los médicos son nuestros compañeros. Están a nuestro
lado, nos observan y corren a ayudarnos cuando lo necesitamos, pero a veces
somos nosotros quienes les ayudamos a ellos. Es decir, en algunos aspectos
nosotros los superamos. Por ejemplo, yo doy clases de piano a algunos médicos,
un paciente enseña francés a las enfermeras, cosas así”.
Luego
Reiko le deja en claro a Watanabe que él va a ayudar a Reiko, y Reiko a él.
Solo le pide dos cosas: primero, querer ayudar a las personas y querer recibir
ayuda; segundo, ser honesto, “no amañar las cosas del modo que más te convenga.
Nada más”.
Son palabras que me llaman a vivir de una manera nueva en mi comunidad. Recuerdo mi visita a Lourdes y las palabras de una religiosa que me ayudaron a enfocarme correctamente: "Aquí todos traemos alguna enfermedad". Recuerdo mi lectura de La montaña mágica, esa novela asombrosa sobre un sanatorio de tuberculosos que ayudó a Hans Castorp a darle sentido a la vida, la misma novela que estaba leyendo Watanabe cuando llegó a la Residencia Ami y a la que, me parece, yo debiera volver una vez más.
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