viernes, 14 de octubre de 2011

Lector en situación: Tokio Blues (Norwegian Wood) de Haruki Murakami


                Hace un par de días, conversando con unos amigos, llegamos al tema de la literatura japonesa. Está lejos de ser mi fuerte y me quedó claro que tengo bastante con qué ponerme al día: Yasunari Kawabata, Kenzaburo Oe, Shasaku Endo… Me salvé de quedarme mudo gracias a Haruki Murakami (1949), el best seller japonés, de quien pude leer hace algunos meses Tokio blues (Norwegian Wood), novela publicada en 1987.
                ¿Por dónde partir? Difícil pregunta, Tokio blues es una novela que se puede abordar por donde se quiera. Quizás lo más evidente, ya desde el título, es que es una novela de ciudad (aunque en otros idiomas se habla de esta novela simplemente como Norwegian Wood). La historia de Toru Watanabe, Naoko y Midori transcurre – obvio – en Tokio, pero en muchos lugares de Tokio, ciudad que no conozco pero que me imagino inmensa y seguramente debe ser muchos lugares a la vez, como cualquier metrópoli latinoamericana. Esto de por sí ya es interesante; Antonio Muñoz Molina, al abordar la relación entre novela y ciudad, se refirió a ellas como “dos formas de comprimir y de ordenar el mundo, dos construcciones orgánicas y abarcadoras en las que cada experiencia singular, cada detalle, cada historia, cobraban su pleno sentido en la unidad de concepción de la trama” (ver su columna "La ciudad y la novela"). Estas novelas, sin ser crónicas, además de ser historias son momentos, viajes, experiencias, imágenes: verdaderos paseos.  
                Otra posible respuesta es a partir del subgénero del cual sin dudas Tokio blues es parte: el clásico Bildungsroman o “novela de formación”. Tal como en  Retrato de un artista adolescente, Demian, El guardián entre el centeno o nuestra más cercana Mala onda, nos hallamos ante un protagonista joven que vive situaciones límite, las cuales lo conducen necesariamente hacia una maduración. En este caso, Watanabe, que acaba de ingresar a la universidad, vive el suicidio de su mejor amigo para luego relacionarse con quien fuera la novia del mismo. La novela es larga y se involucran más situaciones y personajes. Los sucesos pueden llevar a pensar que no ha habido maduración o hallazgo de alguna certeza, pero eso es normal en las novelas de formación; lo que no se puede negar es que hay un camino recorrido por el protagonista, motivado en gran parte por la búsqueda de algo más sincero que lo que normalmente se le ofrece. Así leemos las últimas palabras de Watanabe: “Quiero hablar contigo. Tengo muchas cosas que contarte. Eres lo único que deseo en este mundo. Necesito verte. Quiero empezar una vida nueva a tu lado”. (Si le interesa el tema, heaquí un ensayo en internet bien interesante sobre el Bildungsroman)
                Pero la ciencia de Murakami es más que sumar elementos de las tradiciones novelescas mencionadas, pues agrega un elemento nuevo: la melancolía (otra vez, el título: blue en inglés también es “triste”). Tokio blues podría ser considerada una novela sobre la sociedad moderna, pero hay que tener presente la salvedad de que es sumamente melancólica, adjetivo que explícitamente no se aplica para nuestros tiempos, solo en un segundo momento. O dicho desde otra perspectiva, si buscamos poéticas que den cuenta del abatimiento de nuestros tiempos podríamos pensar en poesía, cine o cierta música, pero, oh sorpresa, Murakami nos ofrece una novela. El tono con el que se nos describe la contemporaneidad no es desesperanzado y vacío, como ocurre en La posibilidad de una isla de Michel Houllebecq o Dinero de Martin Amis. En estas novelas también hay historias de excesos, pero Murakami no cae en el sinsentido o en la autodestrucción; hay destinos dudosos pero también hay arrepentimiento. El protagonista escribe en retrospectiva: “‘¿Adónde hemos ido?’, pienso. ‘¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor – ella, mi yo de entonces, nuestro mundo - ¿adónde ha ido a parar?’” Se acerca bastante a Hesse, a quien Watanabe lee durante la novela. Me parece que estos elementos, además de darle una perspectiva nueva y más perspicaz sobre los temas que se tocan, hacen que, desde su formalidad, la novela desarrolle mucho mejor el relato,  al darle mayor profundidad a la historia y a los personajes. 
                En su composición, dos apuntes breves: 1) es una novela occidental, no encontraremos haikus o cuentos como los de Akutugawa, con opciones narrativas inéditas en comparación a las que conocemos a este lado del mundo.  2) es de una intertextualidad avasalladora. Watanabe lee y lee libros que son clave de comprensión de la historia: además del citado Hesse, El guardián entre el centeno de Salinger, El gran Gatsby de Fitzgerald y las tragedias de Eurípides. Lo mismo ocurre con la música. Sí, una vez más, el título: Norwegian Wood, la tristona canción de The Beatles, es una de las tantas que se aluden. No sigo porque las intertextualidades son demasiadas, muchas más de las que capto cabalmente y porque me quiero referir a la que más me interesa: La montaña mágica de Thomas Mann.   
                Ahora escribo en mi condición de lector-en-situación. En el transcurso de la novela Naoko decide abandonar la universidad para curarse de sus “heridas” e ingresa a un sanatorio “en las montañas de Kioto”: la Residencia Ami. Cuando Watanabe tiene la posibilidad de visitarla lo recibe Reiko, con quien tienen un diálogo en el que reproducen las palabras más sabias que he leído últimamente sobre el tema de la comunidad. Vivo en comunidad y leí esas páginas como si hubiesen sido escritas para mí (de cierta manera, de hecho lo fueron).  Reiko dice:
                “Esto no es un hospital convencional. Aquí no se recibe tratamiento, este es un lugar de recuperación. (…) La cura de recuperación es, en sí misma, la vida que llevamos aquí. Horarios fijos, ejercicios, aislamiento del mundo exterior, tranquilidad, aire puro. Aquí tenemos campos de cultivo, y casi somos autosuficientes. No hay televisión, ni radio. Parece una comuna de esas que están de moda”. Y después, al hablar sobre el origen de la Residencia: “Algunas enfermedades mentales podían curarse si los enfermos vivían en un lugar apartado, ayudándose unos a otros”. Y algo más:
                “Muchas otras [personas], a quienes no les habían funcionado otras terapias, aquí se recuperan y hacen vida normal. Lo mejor es la ayuda mutua. Como todos sabemos que somos imperfectos, intentamos ayudarnos los unos a los otros. Por desgracia, en unos lugares el médico es el médico y el paciente, el paciente. El paciente pide ayuda al médico y este se la ofrece. Pero aquí nos ayudamos los unos a los otros. (…) Los médicos son nuestros compañeros. Están a nuestro lado, nos observan y corren a ayudarnos cuando lo necesitamos, pero a veces somos nosotros quienes les ayudamos a ellos. Es decir, en algunos aspectos nosotros los superamos. Por ejemplo, yo doy clases de piano a algunos médicos, un paciente enseña francés a las enfermeras, cosas así”.
                Luego Reiko le deja en claro a Watanabe que él va a ayudar a Reiko, y Reiko a él. Solo le pide dos cosas: primero, querer ayudar a las personas y querer recibir ayuda; segundo, ser honesto, “no amañar las cosas del modo que más te convenga. Nada más”.
                Son palabras que me llaman a vivir de una manera nueva en mi comunidad. Recuerdo mi visita a Lourdes y las palabras de una religiosa que me ayudaron a enfocarme correctamente: "Aquí todos traemos alguna enfermedad". Recuerdo mi lectura de La montaña mágica, esa novela asombrosa sobre un sanatorio de tuberculosos que ayudó a Hans Castorp a darle sentido a la vida, la misma novela que estaba leyendo Watanabe cuando llegó a la Residencia Ami y a la que, me parece, yo debiera volver una vez más. 

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