Hace
un par de veranos, en una librería de libros usados de Viña del Mar me encontré
una edición antigua pero clásica de Hijo
de hombre, de Augusto Roa Bastos (Paraguay, 1919-2005), publicada en 1961.
Me la compré porque estaba muy barata y porque, ya lo he dicho antes, me siento
hijo del boom hispanoamericano. Por
mucho tiempo tuve esta novela entre libros de Rulfo, Paz, Marechal, Mujica
Laínez y Cortázar… hasta que la tomé, por el deber de mantener esa relación
filial con semejantes precursores.
Comienzo
por contar este contexto literario porque desde sus primeras páginas Hijo de hombre me evocó a ese ensayo
fundamental para comprender la evolución de la literatura hispanoamericana, La nueva novela hispanoamericana (1969),
de Carlos Fuentes. Pareciera que habla de Hijo
de hombre cuando dice, en su introducción, que la novela de Hispanoamérica,
hasta los sesenta, ha estado más cerca de la geografía que de la literatura.
“El mundo latinoamericano era ante todo una presencia implacable de selvas y
montañas a escalas inhumanas”. La naturaleza es “la enemiga que traga, destruye
voluntades, rebaja dignidades y conduce al aniquilamiento. Ella es la
protagonista, no los hombres enteramente aplastados por su fuerza”.
Esto
es tan así que es difícil decir quién es el protagonista de Hijo de hombre. El primer capítulo está
centrado en Gaspar Mora, Macario Francia y el origen de la devoción al Cristo Leproso
en el pueblo de Itapé, pero el segundo lo está en un gringo, “médico y hereje”
como en definitiva lo trataron los habitantes de otro pueblo, Sapucai. Poco a
poco se va integrando la temática de la Guerra del Chaco y nuevos personajes –
los anteriores solo vuelven a aparecer mencionados en las memorias de los
nuevos: Casiano Jara, Natividad, Cristóbal Jara y Kurusú. El desenlace (vale la
pena leer toda la novela para leer el último capítulo) cuenta el regreso de la
guerra de Crisanto Villalba y el peculiar encuentro con su hijo. ¿Quién es el
protagonista? ¿De qué trata la novela? Pienso que la respuesta que más se
aproxima la encontramos en el desarrollo del ensayo de Fuentes: en su origen,
el tema de la literatura latinoamericana es la naturaleza, el dilema de esta
literatura está entre la civilización y la barbarie, los arquetipos son la
naturaleza, el dictador, la masa explotada. Todo eso está en Hijo de hombre. Pero también hallamos
los elementos de la nueva novela: la
ambigüedad, aportada principalmente por Rulfo y Borges, que permite universalizar
las historias, y un lenguaje que le corresponda. El mismo Fuentes, ya adentrado
en su ensayo, se refiere a Hijo de hombre
diciendo que, junto a Pedro Páramo y
El coronel no tiene quien le escriba,
“ahora la selva y el río son solo un telón de fondo legendario: la naturaleza
ha sido asimilada y el proscenio lo ocupan hombres y mujeres que no desempeñan
un papel ilustrativo, sino que realmente son totalidades personales traspasadas
por el lenguaje, la historia y la imaginación”.
Sí,
pero maticemos. No sé si la selva y el río sean solo un telón de fondo
legendario, me parece que es más que eso, más aún ante la constatación de que
lo que le da unidad a la novela no es precisamente un personaje o una anécdota,
sino la tierra y el pueblo paraguayo. Pero en lo que sí acierta Fuentes es en
que la realidad descrita por Roa Bastos es “traspasada por el lenguaje”. Hijo de hombre no es una novela fácil,
ya que además de las complejidades a nivel de personajes y de trama descritas
arriba, es de un vocabulario arduo. Por ejemplo, dice un pasaje del capítulo
IV, “Éxodo”:
“Además
recibieron la plata piripi del anticipo.
-¡Es
la cimbra de la rafla! – alertó uno. No hay que agarrar…”
Fuentes
dedica un capítulo especial al nuevo lenguaje de los novelistas del boom.
Afirma que “nuestra literatura es verdaderamente revolucionaria en cuanto le
niega al orden establecido el léxico que este quisiera y le opone el lenguaje
de la alarma, la renovación, el desorden y el humor. El lenguaje, en suma, de
la ambigüedad, de la pluralidad de significados, de la constelación de
alusiones: de la apertura”. Estas palabras pueden complicar a quien quiera una
“literatura sublimante”, una literatura que otorgue soluciones. Personalmente,
pienso que un gran mérito de la literatura del boom es justamente reconocer
que, como dice Fuentes, la vida del hombre “no es definible con sencillez
maniquea”. Es una paso arriesgado, pero lúcido y, lingüísticamente, fascinante.
Hijo de hombre también es traspasada por
la historia. Es una novela paraguayísima: no solo se esfuerza por ser una
crónica de la Guerra del Chaco, también es diario de un pueblo, el paraguayo.
La novela integra en la historia y en el vocabulario el indigenismo; los dos
epígrafes iniciales de la novela, citas de la Biblia y de un himno guaraní, nos
adentran en la tensión siempre presente que significa la coexistencia de dos
realidades en un solo pueblo. Personajes titubean al hablar, ya que a veces lo
hacen en español y otros en guaraní. El esfuerzo por rescatar la oralidad del
pueblo es patente. Por todo esto, sin duda que a mi lectura se le escapan
muchas cosas.
Me
parece que, en el marco trazado por Fuentes, Hijo de hombre es una novela de transición: anterior al boom por
sus temáticas, parte del boom por su forma – esto claramente tienen que ver con
la fecha de escritura y con la documentada lectura de Roa Bastos y muchos otros autores del boom de la obra de William Faulkner; los invito a googlear 'Faulkner + cualquier miembro del boom" y leer algunas de las crónicas y entrevistas que aparecen. Pero digamos una cosa
más: desde su título, esta obra de Roa Bastos es de importante densidad antropológica.
La pervivencia de la cultura indígena en lo que fue una colonia española, la
peculiar religiosidad en la que tal situación derivó y, a mi juicio y sobre
todas las cosas, una guerra brutal hacen que espontáneamente se formule la
pregunta durante la lectura de la novela: ¿qué es el hombre? Y en la
formulación de esta pregunta quizás hallamos, como si siempre hubiese estado
ahí y nunca lo hubiéramos visto, la respuesta acerca de quién es el
protagonista de la obra.
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