¿Quién no ha releído algo de José Miguel Varas por estos
días? Su muerte pilló de sorpresa – como siempre – ha escritores y lectores que
disfrutamos con su prosa. Fueron varios los que lo reconocieron en vida, quizás
las palabras que se le han dedicado estas últimas semanas han sido solo un eco
de las que se pronunciaron en su momento. Tenemos, por ejemplo, el magistral prólogo que le dedicó Armando Uribe a sus Cuentos completos,
editados por Alfaguara, el año 2001, en el cual ya lo considera “el mejor cuentista
de historias en mi lengua chilena”. A su
vez, el domingo pasado se publico en la Revista de Libros de El Mercurio una
columna de Mauricio Electorat en la que ubicó a Varas dentro “de los más grandes”. Cuento también una
anécdota más reservada: hace algunos años un amigo me mostró una lista de
autores, clásicos por sus temáticas, alcances y talento, elaborada por Ignacio
Valente para adentrarse en la literatura con propiedad; en esa lista habían
tres autores chilenos: Gabriela Mistral, Nicanor Parra y José Miguel Varas.
Son
testimonios, entre otros, de quienes de una manera u otra han rescatado la obra
de Varas por su “chilenidad”: Uribe dice que “de estas historias podría
deducirse la alegoría moral de la manera de ser chilena”; Electorat también
ataca por el mismo flanco, cuando sentencia que “el de Varas es un lenguaje en
el que resuena la lengua hablada de Chile, en sus más diversos registros”. Igual
sigue Valente, para quien Varas refleja lo chileno “con transparencia y
sinceridad”. Pero pido que se me permita hacer una acotación: que la chilenidad
que muestra Varas es muy positiva, si uno la compara con otras manifestaciones
literarias o culturales sobre lo chileno; piénsese, por ejemplo, en las
crónicas de Pedro Lemebel – quien es para nosotros lo que en su tiempo fue
Joaquín Edwards Bello para su generación. No sé si positiva es la mejor
palabra, porque en muchos cuentos subyace la crítica; lo que quiero decir es
que la obra de Varas está llena de buen humor, lo que muestra que sí es posible
ser crítico y esperanzador. No hay tantas especulaciones o grandes
retrospecciones sobre la historia, con sus respectivos juicios, sino más bien
una historicidad del día a día que por lo general rescata lo agraciado de la
vida (con sus excepciones, por supuesto, como el final de Milico). Puede ser tácito o explícito, pero con la obra de cada
autor se construye el relato de la nación, y de más está decir que Chile tiene
varios. Usando los términos de Electorat, en el relato de Varas predomina lo
rescatable de Chile.
Ante
este aspecto de la obra de Varas, destacado ampliamente en estos días por el
medio, me pregunto si su obra, a primera vista muy patriota, no tiene un
alcance más universal. Me encantaría saber qué leen los que no son chilenos
cuando leen a Varas, porque los personajes o situaciones que construye son
paradigmas… ¿del hombre chileno o del hombre a secas? ¿Es que acaso esos cuentos
magistrales como Alma no me digas nida,
“Su” paralítico, El ojo de la papa o Exclusivo no son cuentos de exportación,
patrimonio de todo lector, en cualquier parte del mundo, tal y como nosotros
gozamos de Los cachorros de Vargas
Llosa o El viejo y el mar de Hemingway?
Alguien podrá argüir que uno, lector del siglo XXI, no lee lo que leen peruanos
o americanos en estos ejemplos citados, pero eso no coarta el legítimo derecho
de la relectura: bien sabemos que el texto habla más de lo que el autor mismo
pensó cuando lo escribió.
A
pesar de todo, volviendo a Varas, sí reconozco que hay una valla altísima de
sobrepasar, valla que él mismo se impuso, y que quizás sea un impedimento para
ser más difundido en otras latitudes: su prosa. Los cuentos que mencioné en el
párrafo anterior como botón de muestra los elegí de adrede, pues su español es
peculiarísimo, intraducible, ya en sus mismos títulos. Poemas, refranes,
diálogos que reproducen la oralidad, expresiones propias del español de Chile…
sí, sin duda las historias y los personajes son de exportación; traducir su
prosa es el desafío. Recuerdo la experiencia de haber leído El guardián entre el centeno de Salinger
en una traducción españolísima, que seguramente corresponde a una región y una
época determinada de la Madre Patria y no a otra. Pienso que la obra de
Salinger debiera traducirse cada diez años, por lo menos, a cada lengua local. La
experiencia lingüística de leer a Varas es muy semejante porque capta un
lenguaje vivo; nuestro desafío como lectores es mantenerlo vivo.
Por
último, a propósito de las relecturas de esta semana de algunos cuentos de
Varas, y considerando la contingencia nacional, no he podido dejar de pensar en
él, como en todo escritor clásico, como un maestro de la vida. Sus cuentos
muestran realidades y, muchas veces, también enseñan a partir de ellas.
Rescatan lo bueno. Me sorprendí al darme cuenta que el primer y el último
cuento de los Cuentos completos, el
citado Alma no me digas nida y Formación de un académico están
dedicados tangencialmente a la educación, aunque de manera distinta. En el
primero, un alumno que recuerda particularmente a tres profesores del colegio,
los cuales en definitiva se muestran como débiles seres humanos. En el último,
el académico – que en estricto no pertenece a la academia – se caracteriza por
el afán de estudiar y aprender, por enseñar por medio de chistes, parábolas,
anécdotas y poesía, por tener sueños y sentido del humor, por reformular sus
opiniones sin vergüenzas, por tratar con niños, por tener espíritu crítico. Las
exigencias del movimiento estudiantil – equidad en el acceso, financiamiento y
calidad de la educación – son demandas justas, pero no podemos pretender que
ellas son lo esencial de la educación. El fin de la educación es la plenitud de
la persona, como individuo y como parte de la sociedad, siempre en apertura a
la cooperación de la construcción de esa plenitud con sus semejantes. Y en ese
fin entran las escuelas, sí, pero primeramente las familias, la sociedad civil,
el sentido religioso. La buena educación, que exige colaboración, prepara para
la vida. Los personajes de Varas son aprendices de la vida que abrazan lo que
reciben con generosidad, así como también hallamos en ellos maestros que se
educan, a veces sin tener ellos mismos entera conciencia de su nobleza. Es una
invitación a buscar la educación de calidad no solo en las escuelas y
universidades, sino también en quienes están muy cerca de nosotros y sin los
cuales seríamos incapaces de dar los pasos que aspiramos a recorrer.
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