sábado, 27 de septiembre de 2014

Leer antes que escribir

                La novela burguesa realista de segunda mitad del siglo XIX por lo general no es un género que fascine a mucha gente, pero no sé por qué a mí como que me edifica. En el último año he tenido la oportunidad de leer dos novelas del español Benito Pérez Galdós, La desheredada y Misericordia. La primera es de 1880, la segunda de 1897. En La desheredada, la protagonista recibe la noticia de que puede ser la heredera de una duquesa, con lo que se inflan sus aires de nobleza y se lanza a vivir una vida de consumo y lujo muy ajena a su condición; como ya a la mitad de la novela ella recibe la noticia de que no es verdad que tenga ascendencia noble, el resto del relato es, por lo mismo, una narración de su patética porfía. En Misericordia el escenario es inverso: hay personajes que el mismo Pérez Galdós describe como “tipos de la burguesía tronada”; es decir, arruinada, pero que hacen lo imposible por ocultar su miseria. En ambas novelas se impone el criterio de la realidad, de la amarga verdad, como dice el prólogo de Rojo y negro. El crítico español Juan Oleza dice que el protagonista de la novela burguesa es el individuo que problematiza con la sociedad y sobre el cual precisamente se impone la realidad.  
                Es verdad que desde este rincón del mundo puede ser empalagoso leer novelas que se esmeran en recrear el español castizo popular, como en Misericordia, pero me parece que en cuanto a la construcción de personajes, leer a Pérez Galdós es una auténtica escuela. En la descripción de los personajes deja de lado la brocha gorda o el bosquejo plano y se esfuerza por conservar los matices, incluso narrando anécdotas contradictorias o difíciles de interpretar. ¿Y quién de nosotros, personajes de la vida real, no es así, contradictorio y difícil de interpretar? 
                Y más que discutir sobre el estilo galdosiano, de lo bien o mal que ha envejecido, hay un denominador común en ambas novelas, que me queda dando vueltas, que es la mirada aguda sobre personajes que viven en la apariencia. Lo más impactante, sin duda, es que las anécdotas de estas novelas sean tan contemporáneas – adjetivo que, dicho sea de paso, el mismo Pérez Galdós daba a parte de sus novelas. Hoy diríamos que los personajes de Pérez Galdós son arribistas o siúticos, que les importa más la imagen que las deudas, que identifican las bendiciones con la bonanza material. Personajes del siglo XXI en novelas del siglo XIX. En este sentido, cómo no recordar el retrato de la ambición burguesa que es Eugenia Grandet de Balzac. Por ello, me atrevo a decir, Pérez Galdós, Balzac y tantos autores de su época poseen una singular vigencia.  
                Parece que no es tan descabellado pensar que entre la disyuntiva de estar al día con lo que se publica o ponerse al día con los clásicos, salimos ganando con la segunda opción. Hoy se publica tanto que ya es difícil tener la panorámica completa y, además, no sabemos qué va a perdurar; en cambio, los clásicos ya perduraron, pasaron el juicio del tiempo y lo hacen en virtud de su permanente lozanía. Desde esta perspectiva recuerdo y comprendo a un profesor que dijo que antes daba a leer una novela de Pérez Galdós y otra de Julián Marías, pero que hoy prefiere dar a leer dos de Pérez Galdós. Puede ser exagerado, es verdad, pero no deja de tener fundamentos. 

                Dan ganas de repetir: no hay nada nuevo bajo al sol. Fue una de las cosas que aprendí cuando fui ayudante de investigación de Patrología, la disciplina que estudia la literatura cristiana de los primeros siglos. En esos textos ya están todos los temas escritos. Todos. Y cuántas veces he escuchado ideas de la filosofía contemporánea muy similares a lo que se puede leer en filósofos medievales – y para qué decir en Platón y Aristóteles. Quizá sea mejor leer, leer mucho antes de hablar y antes de escribir.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Parra, el solemne

            En el marco de las celebraciones por los 100 años de Nicanor Parra, hay un verso que me ha estado dando vueltas. En su famoso poema “La montaña rusa”, afirma que “Durante medio siglo / La poesía fue / El paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / Y me instalé con mi montaña rusa.” Son versos dignos de muchos comentarios; yo simplemente quisiera manifestar que, en lo personal, Nicanor Parra siempre me ha parecido un poeta extraordinariamente solemne. Sólo por citar algunas de las referencias presentes en la obra de Parra: García Lorca, Guzmán Cruchaga, Borges, Shakespeare, Ruben Darío, Vicente Huidobro, Pezoa Véliz, además de nuestra tradición popular, de mucha autoridad entre quienes la conocen y la admiran. Poemas como “Se canta al mar”, “Es olvido”, “Brindis a lo humano y lo divino”, “El hombre imaginario” – que me parece que se volverá en el “poema XV” de Parra – y un largo etcétera se leen hasta el día de hoy con un tono épico, universal, por llevar en sí una experiencia transversal a todo lector. Y eso de que algunos de sus poemas sean versos de salón, sermones o discursos de sobremesa… ¿hay algo más solemne que un discurso de sobremesa? Todos los que hemos escuchado uno sabemos que no hay que estar en presencia de autoridades republicanas para experimentar esa sensación de que los instantes que envuelven el discurso son sagrados, que cada palabra que se pronuncia carga por esa ocasión un significado densísimo, que interrumpir ese momento sería una profanación. No importa que el discurso se diga en el comedor de la casa, con un pollo arvejado a medio terminar; eso es lo parriano (o parte de lo parriano, para ser más justos), la presencia de la solemnidad frente a nuestras narices.
            Es solo una constatación, en ningún caso es una recriminación, porque no se puede ser poeta sin cargar con un aire de solemnidad, palabra tan litúrgica, por lo demás, al igual que muchos de los poemas de Parra que, entre otras voces, asumió la de los sermones de Cristo, en el Elqui, pero sermones al fin y al cabo. Parra descubrió a todos los tontos solemnes, pero en ningún caso abandonó la solemnidad, lo que hizo fue subir la solemnidad a su montaña rusa.
            No tengo dudas, Parra es un poeta solemne, como Neruda, como Huidobro, como Darío, como Teillier, como Hahn. Como todos los clásicos. No tonto solemne, por supuesto; Parra debe ser el más brillante de nuestros poetas. O mejor, el más pillo. Es un pillo solemne.

            Estas celebraciones han demostrado que Nicanor Parra ha pasado a ser un clásico, que es otra manera de referirse a la solemnidad. La antipoesía quiso ser una alternativa a la tradición y pasó a constituir una escuela, la que continuaron Lihn y Lira y Uribe, porque aunque sea mayor, sí leyó a Parra y lo influyó, porque es un clásico, y la escuela seguirá, la continúa mi generación, porque no crecimos leyendo a Neruda o Huidobro o Mistral, sino a Parra, él es nuestro clásico y estamos condenados a escribir como él, solemnemente, al menos hasta que espabilemos, dejemos de ser los nuevos tontos de este siglo y llevemos la solemnidad a otra parte: puede ser al aeropuerto, a la cocina o a dar una vuelta por el paseo Ahumada. 

viernes, 27 de enero de 2012

Todo me es lícito – Libertad de Jonathan Franzen


                Escribir estando de vacaciones tiene, al menos para mí, una complejidad: no tener mi biblioteca a mano. Podría sencillamente escribir sobre cosas que no requieran apelar a lo que he leído, o al menos a lo que he leído que no pueda releer ahora, pero no quiero dejar pasar más tiempo sin escribir algunas ideas sobre una novela que leí hace ya un mes y medio: Libertad, de Jonathan Franzen (Estados Unidos, 1959-).
                Ha sido una de las traducciones al castellano más esperadas y publicitadas del último tiempo, ¿no es así? Que habían pasado diez años de la última novela de Franzen, que ahora pretendía construir un mosaico sorbe la actualidad de la cultura americana, que había sido una irrupción su publicación en inglés; todos lo escuchamos. Por varios lados se estaba calentando la sopa, incluyendo una visita a Chile y algunas entrevistas.
                La traducción al castellano - castellano de España, por supuesto - llegó en octubre e hice algo que hacía tiempo no hacía: comprarme el libro sin habérmelo leído. Mis recursos y mis intereses me habían hecho decidir que de ahora en adelante solamente me compraría libros que valiera la pena releer, de manera que en la práctica he estado leyendo libros entre prestados y sacados de bibliotecas y comprando aquello a lo que, pienso, algún día podré volver a acudir. Pero las expectativas y una tentadora oferta por internet tiraron mi risible administración por la borda. Y hoy, más de un mes después de haber terminado esa lectura y de vacaciones, lejos de mi libro, volveré a él solo con mi memoria.
                Lo primero que se me viene a la mente al recordar Libertad es un pasaje de 2666, de Bolaño. En el segundo libro, un personaje – el farmacéutico – se queja de la literatura actual porque gran parte de la narrativa que se publica son novelitas cortas, ejercicios narrativos, pero ninguna empresa mayor, ningún riesgo, al modo del Moby Dick de Melville. Una opinión así, tan tajante, por supuesto que se cae por su generalización, pero si tratamos de salvar la proposición del prójimo… puede ser. Hoy se publica mucho pero de a poco (y dentro de esas novelitas cortas algunas pequeñas obras maestras, como Chesil Beach de Ian McEwan, del 2010), de modo que lo primero que debemos agradecer de Libertad es su osadía o, mejor dicho, su ambición. Y digámoslo así: su descarada ambición, cuyo primer testimonio son sus 672 páginas. Todo lector sabe que existen historias que bien valen el largo aliento, pero no siempre ellas encuentran el correspondiente talento necesario por parte del escritor o, quizás, el coraje por parte del mismo escritor para emprender la empresa. A propósito, dijo el mismo Franzen en una entrevista a “El Cultural” de España: “Siempre he buscado un tono en el que el lector se pueda sentir en buenas manos. Placer intelectual, emocional, lingüístico y estético. Es cierto que voy a adentrar al lector en terrenos morales extraños, pero quiero que se sienta seguro, porque lo guía alguien que no está siendo controlado por este material. Cuando alguien tiene el tono correcto en la primera página del libro, confío en él, sé que está por encima de lo que escribe”.
                Habría sido interesante escuchar el tono de voz con que Franzen dijo estas palabras, a ver si hallamos en ella algo de falsa modestia. Como sea, no lo pudo haber dicho mejor: Franzen nos ha adentrado en terrenos misteriosos, pero por un camino fascinante y adictivo: su prosa y su dominio de la forma de la novela.
                Libertad, ya desde su título, es una novela endemoniadamente inteligente. Narra la vida de una familia americana desde la adolescencia de los cónyuges hasta su desmoronamiento tras 26 años de matrimonio y dos hijos. Sucintamente podríamos decir que todos los personajes de la familia y de la novela en general son héroes: son buenas personas, honestas y tienen buenas intenciones; sin embargo, a pesar de todo, algo no funcionó. Los telones de fondo de la narración solo hacen que el cuestionamiento adquiera mayor profundidad, y digo telones porque hay que reconocer dos: el primero, el propio del relato, va desde la administración de Nixon hasta la elección de Obama con todo lo que este periodo de tiempo incluye, política y culturalmente; el segundo, el propio de la lectura, es la conciencia cada vez mayor de que en nuestras opciones sociales, que en definitiva son existenciales, hay cosas a las que le debiéramos dar una vuelta. Y sabemos que esta conciencia la estamos adquiriendo en Estados Unidos, en Chile, en Israel y en muchas otras partes.           
                Confieso una experiencia de mi lectura: a la vez que leía acaloradamente, reconocía en mí el espanto que me generaba contemplar con tanta verosimilitud una posible historia de mi propia familia; no ha sido así, así ha podido ser, no cabe duda. Así puede ser. La voz de Franzen no es tanto la de un profeta de calamidades como una voz de alerta. Recuerdo las palabras de san Pablo: “Todo me es lícito, mas no todo me conviene” (1 Co 6,12). Por eso, me parece que hay que leer la obra de Franzen más bien como un testimonio artístico-social. Han habido otros escritores, artistas y humanistas en general que han intentado aportar con lo suyo; en el ámbito de la novela pienso fundamentalmente en la obra de Philip Roth, de la cual me parece que la de Franzen es, en su temática, deudora. En el cine estadounidense también contamos con la obra de Alexander Payne. Pero además también es un testimonio de herencia literaria, como muchas veces ya se ha subrayado, de la tradición decimonónica. La de Melville, al fin y al cabo. Y en Libertad, más claramente, la de Tolstoi.
                   Por lo mismo Franzen se aleja de la novela tesis, la obra panfleto, para ofrecernos sus dudas, sus contradicciones, esas que también, sin duda, reconozco como mías. 

viernes, 23 de diciembre de 2011

La fiesta de los hijos - Canción de Navidad de Charles Dickens


                Navidad es la fiesta de los niños. No hace falta ser un genio para comprenderlo, es algo que está ahí: vacaciones - ergo, niños por todas partes -, Viejo Pascuero, regalos, todo conduce a los niños. La literatura no escapa a esta directriz: quise leer algo a tono con las fiestas y – no podía ser de otra manera – di con una historia para niños: Canción de Navidad de Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870).
                El argumento es archiconocido, explotado por el cine comercial de todas las maneras imaginables: Ebenezer Scrooge es un viejo solitario, avaro y amargado que no se alegra con la Navidad. Para esta fecha lo visita el fantasma de su antiguo socio, Jacob Marley, quien está encadenado y le hace una terrible confesión a su antiguo amigo: “No puedo descansar, no puedo detenerme, no puedo morar en ninguna parte…”. Olvidó que “todo espíritu cristiano que trabaje con amor en su reducida esfera, sea esta cual fuere, hallará que su vida mortal es demasiado breve para el bien que hubiese podido hacer”. Marley quiere que Scrooge no caiga en su mismo destino, por lo que le anuncia que recibirá las visitas de tres espíritus más, los espíritus navideños. Lo que sigue en el relato es la contemplación por parte de Scrooge de su propia vida, sus errores y su posterior cambio de vida.
                Es una historia simple, al menos narrativamente. Es breve, la prosa es sencilla, al punto que pareciera que se está escuchando a un cuentacuentos. Y la anécdota, ¿qué tantas lecturas resiste? Todo lo que se llama una alegoría, una fábula, una moraleja. Un perfecto regalo para mis hermanas chicas.
                Pero no es bueno pasar tan rápido, que nos podemos perder nuestro propio regalo. Canción de Navidad, como la Navidad misma, es un clásico. Pasa de generación en generación sin perder su encanto. Por lo mismo es necesario apreciar que el mensaje mismo que se transmite es de una sabiduría ante la que hay que detenerse. Hay menos ingenuidad y superficialidad de la que parece. ¿Qué sabiduría se esconde tras la fiesta de la Navidad? Yo la llamaría la sabiduría de los niños.
                Es una sabiduría que podemos anhelar sin ningún miedo porque Dios mismo se hizo niño. Al leer los relatos del Evangelio según San Lucas sobre el nacimiento del Señor vemos que predomina el espíritu de la alegría: alegría por el regalo de la vida, porque ha nacido un niño, porque María y José son padres, porque entre nosotros  hay un nuevo hijo. Que nadie diga que no se ha alegrado, como un verdadero niño, por cosas tan cotidianas y al mismo tiempo tan profundas como estas.
                Dice el relato bíblico que  María “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue”. Era necesario cuidar al niño, y sus padres le dieron lo mejor que le podían dar. En este gesto de María y de José podemos apreciar el cuidado de Dios para con los pequeños, o dicho en otras palabras pero siempre refiriendo a la misma cosa, el cuidado de los unos hacia los otros. En Navidad reconocemos que todos necesitamos de ese cuidado porque todos fuimos niños, porque nunca dejamos de ser hijos.
                Por eso Navidad es, más que la fiesta de los niños, es la fiesta de los hijos, porque todos , pequeños y grandes, nos reconocemos como hijos. Nadie queda fuera de la alegría y de la misericordia que trae consigo la Navidad.
                Cuando Scrooge le pregunta al primer espíritu navideño el porqué de su visita, la respuesta es contundente: “¡Tu felicidad!” Y cuando Scrooge piensa que podría ser feliz durmiendo plácidamente, el espíritu precisa: “Tu conversión, entonces…”
                Ese es el fin de la visita del niño Jesús, el mismo que de adulto dijo que el que no se hacía como un niño no entraría en el Reino de los Cielos. Unámonos, entonces, al coro de los niños que gritaban en el Templo de Jerusalén: “¡Hosanna al Hijo de David!” porque nos ha nacido la Vida, porque se nos ha revelado que todos somos hijos de un Padre común y por eso estamos alegres.
                ¡Feliz Navidad!

P.D.: Así como las últimas semanas estuve fuera de Santiago, sin notebook ni internet, a partir del 28 de diciembre comienzo un retiro de un mes. Por lo mismo, estaré durante ese tiempo sin escribir en este blog - lo que no quiere decir que deje de escribir en absoluto, obviamente. Nos vemos en febrero.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Sobre la poesía

A mis amigos poetas.

1
                Motivado por mi amigo Jorge Guerra, esta semana leí la única obra de Rainer María Rilke (Praga, 1875 – Val-Mont, Suiza, 1926) que hay en la biblioteca del seminario: Cartas a un joven poeta. Hace un tiempo ya había leído una antología poética de Rilke; había disfrutado mucho con la riqueza conceptual y formal de su poesía. No me sorprendió cuando un profesor mencionó la poesía de Rilke como un antecedente a considerar para la filosofía de Heidegger. Recuerdo que me cautivaron mucho los poemas seleccionados de El libro de las horas, de 1905.
                Como lo dice su título, Cartas a un joven poeta son las cartas que Rilke envió a Franz Xavier Kappus entre 1903 y 1908, cuando el propio Kappus se estaba haciendo sus primeras armas en la poesía. Los consejos de Rilke son muy honestos - una honestidad que ya quisiera para lo que escribo -, vienen al caso en cualquier reflexión estética sobre qué es la poesía. Algunos aspectos subrayados por Rilke son el retraimiento necesario para  la escritura (“nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie”), el lugar vital de la escritura para el poeta (“confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir”), comenzar (d)escribiendo el misterio de la propia vida (“para expresarse, sírvase de las cosas que lo rodean, de las imágenes, de sus sueños, y de los objetos de sus recuerdos”), alejarse de los juicios críticos externos y recorrer el camino que ha elegido con serenidad (“nada puede estorbarlo con mayor violencia que mirar hacia afuera y de allí esperar una respuesta a preguntas que quizá solo su más íntimo sentimiento, en los momentos más silenciosos, puede acaso responder”). Todas estas citas que tienen que ver con lo propio de la obra poética son de la primera carta; en las siguientes se profundiza en esta extensa y profunda materia, qué es la poesía.

2
                Tengo la manía de buscar cosas que se hayan escrito sobre aquello que estoy leyendo, lecturas que puedan iluminar la mía propia. Tras leer a Rilke fui a la historia universal de la literatura de Martín de Ríquer y José María Valverde, que es una joya. Este último autor es quien se hace cargo de Rilke con una actitud que está lejos de ser pontificadora. Se detiene en que la lectura que los alemanes han hecho de Rilke es muy metafísica, conceptual, lo consideran un historiador-profeta (para Valverde, el problema de la literatura alemana desde Lutero es precisamente su densidad conceptual). La lectura que yo mismo había hecho en una primera instancia no era muy distinta. Valverde quiere dejar de lado la lectura conceptual para apreciar al “poeta contemplador, entregado al designio poemático”. Es mejor considerar sus ideas como puntos de partida para su poesía más que por su valor en sí mismas. Rilke es poeta no tanto por su intelecto sino “por la única razón decisiva para serlo, porque acierta a resolver el problema de la elección y reunión de unas palabras que forman en conjunto vivo e independiente del poema, donde la realidad del mundo renace y se patentiza con extraña evidencia”. Para Valverde el valor de la poesía de Rilke no está en ser un poeta “revelador del cosmos y de la vida humana”, está en – siguiendo el “Requiem para un poeta” – ser un servidor del poema.
                La crítica de Valverde a Rilke lleva consigo un arte poética, una propuesta más a la nunca fácil discusión sobre qué es la poesía.             

3
                Existen muchas más reflexiones sobre la poesía y su naturaleza; se esparcen por la historia de la lengua pensamientos sobre el acto poético, ya desde la antigüedad. Así Aristóteles, quien en la Poética ya sostuvo que el poeta, creador de imitaciones, concibe su obra en un arrebato y participa de las emociones que transmite; también Horacio escribió a los Pisones no solo sobre cómo escribir bien sino cuál es el deber del arte: instruir y deleitar. Más cercanos a nosotros hallamos los bellos ensayos de Heidegger y Neruda, Hölderlin y laesencia de la poesía y Hacia la ciudad espléndida, el discurso de aceptación del Nobel por parte del poeta. En el primero Heidegger se sirve de un verso de Hölderlin para afirmar que “la poesía es instauración por la palabra y en la palabra. (…) La poesía es la instauración del ser en la palabra”; en el segundo, tras narrar su paso clandestino por la Cordillera de Los Andes hacia Argentina, Neruda dijo:
                “Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.
                En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo está sostenido - el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía - en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera la poesía los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un río vertiginoso, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad, los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.
                He repasado estos textos con el agrado de ver cómo cada uno aporta un poco a la comprensión del misterio de la poesía. Ser poeta es muchas cosas a la vez: es una actitud frente al lenguaje y frente al mundo, una actitud activa, protagonista, comunicadora, servidora y, claro que sí, muchas veces ascética. En estos y en muchos otros sentidos es posible apreciar por qué Dios es el primer poeta.
                Escribo estas palabras, por supuesto, teniendo a la vista mis fracasos poéticos, tomados estos en su más amplia acepción. Por lo mismo no deja de ser consoladora la retórica de Horacio: “¿Por qué soy saludado como poeta si no puedo ni sé dar a cada asunto la forma y el colorido convenientes?” Personalmente nunca he sido saludado como poeta, pero sí quiero habitar en la palabra junto a tantos grandes amigos, habitar en aquello que sea la poesía.         

P.D.: Escribía estas palabras cuando se dio a conocer el Premio Cervantes para Nicanor Parra. Parra, el destructor y reinventor de la poesía. Poeta para los tiempos de la penuria, como lo llamó Ignacio Valente. El que llamó a la poesía “el paraíso del tonto solemne / hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa”. Seco y franco; quizás por lo mismo, muy poeta.   

viernes, 25 de noviembre de 2011

Vacilaciones – Av. 10 de julio Huamachuco de Nona Fernández

                Todo lector tiene autores regalones. Son autores que el resto desconoce y que uno está convencido que no tienen el reconocimiento que merecen. Seguramente uno los leyó en algún momento especial, el cual siempre es recordado al volver a su obra. Y por lo general uno no tiene éxito cuando intenta compartirlos, los otros sencillamente no engancharon como uno. Puede que en algunos casos incluso haya algo de vergüenza, por no saber si esa predilección es algo argumentable o, todo lo contrario, caprichosa. Por lo dicho está claro que no me refiero a autores como Flaubert, Blest Gana, Thomas Mann, Vargas Llosa, Philip Roth u Orhan Pamuk, que son algunos de mis consentidos pero también lo son de muchos, muchísimos más. No, está claro que me refiero a regalones más disimulados. En mi caso: el autor de novelas policiales norteamericano de dudosa reputación literaria Lawrence Sanders o los novelistas del siglo XIX Juan Valera, Hector Malot y Henryk Sienkiewicz no serán muy conocidos pero vaya que influyeron en mi juvenil vocación literaria. De lo último que he leído incluiría en esta irregular lista al escritor bonio-serbio de primera mitad del siglo XX Ivo Andric, autor de una épica francamente magistral, impetuosa y humana a la vez. 
                Algo parecido – quizás en menor escala – me ocurría con Nona Fernández (Chile, 1971). Leí su novela Mapocho recién ingresado a la universidad y simplemente la devoré. Luego me encontré en San Diego con su libro de cuentos El cielo, el cual leí como un colofón del entusiasmo que provocaba el recuerdo de la lectura de Mapocho. Lo poco que había leído me bastaba para considerar a Fernández dentro de lo mejor que conocía en cuanto a literatura chilena contemporánea. El tiempo y las lecturas hacen que juicios prematuros como este se apacigüen, pero eso no quita que Nona Fernández siga siendo una de mis escritoras favoritas. La semana pasada vi en el mostrador del Bibliometro su última novela, Av. 10 de julio Huamachuco, de 2007, y no dude en cogerla.
                Por lo que conocía de la obra de Fernández y dejándome llevar por el título de esta novela pensé que me iba a encontrar con una novela de ciudad, un relato sobre, al menos, un sector de Santiago. Pero no es tanto una novela de ciudad. La historia intercala las vidas de los personajes Juan y Greta, adultos, casados, de quienes vamos descubriendo el pasado común que comparten y cómo, naturalmente, se reencuentran en determinado momento. Las vicisitudes de estos personajes dan para más cosas que una novela de ciudad, las problemáticas actuales presentes en el relato son muchas: el sinsentido de la vida laboral, el clasismo, la historia chilena reciente… Además la novela se preocupa de mostrar un poquito de técnica – es una novela que fascinaría a los pregoneros de la muerte de la novela, por lo fragmentario de su narratividad –, y un poco de intertextualidad, al ser una explícita relectura del poema La pieza oscura de Enrique Lihn. Más aún: a medida que la novela se acerca al desenlace hallamos páginas que se adentran claramente en el género de la literatura fantástica. Como se puede apreciar, tenemos un poco de todo.
                Quisiera referirme a este último aspecto, el género fantástico. Terminada mi lectura de Av. 10 de julio retomé un clásico sobre el género, Introducción a la literaturafantástica de Tzvetan Todorov. En este texto de teoría literaria Todorov sostiene que lo propio de la literatura fantástica es la vacilación: “Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural” (pág. 15). Lo fantástico se prolonga por ese instante de duda ante el desafío de explicar un acontecimiento fuera de lo particular, explicación que encausará la acción al terreno de lo extraño o de lo maravilloso. Sí, esta novela responde a tales descripciones: los acontecimientos se desarrollan más allá de la muerte, tal y como en Mapocho. “Te voy a sacar de ahí”, son las palabras decididas que repite Greta a Juan. Las reflexiones de Todorov son realmente interesantes a propósito de la función literaria y social de lo fantástico: ¿acaso no se está sacando a flote un tema cada vez más tabú, como la vida después de la muerte? La eterna pregunta sobre qué pasa con los muertos.
                Vacilación, extraño, maravilloso, fantástico… son palabras muy bellas. Un artículo del domingo pasado en laRevista de Libros, a propósito de un nuevo libro de Umberto Eco, rescata una sugerente frase del semiólogo: "Nunca he entendido por qué a Homero se lo considera un escritor creativo y a Platón no. ¿Por qué un mal poeta es un escritor creativo y un buen ensayista científico no lo es?". Esto aplica de todas maneras al texto de Todorov, el ritmo que le da a su obra teórica es exquisito. Pero aún más: sus palabras otorgan claves de comprensión para Av. 10 de julio: es una novela que vacila mucho, se cuida de no mencionar muchas cosas, de sugerir, de mantener la incertidumbre, además de la mencionada renuncia al narrador. Quizás sobró vacilación, faltó decisión, procurar un sano equilibrio entre ambos polos. La lección es que no hay que tener miedo al narrador (a Flaubert, a Blest Gana, a Roth, a Sienkiewicz, a Andric), menos aún – no creo estar errado en el juicio – con una prosa tan viva como la de Fernández. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

Cosas que pasan - La hojarasca de Gabriel García Márquez

            Hace poco tuve una de las emociones más gratificantes que puede tener un lector.
            Me había levantado desganado, con un poco de dolor de estómago, algunas obligaciones no tan apremiantes… con el pie izquierdo. Tuvo que haber sido una mezcla de todos. Por lo general en estos días opto por, en la medida de lo posible, no hacer nada importante. Pero ese día tenía sí tenía algo importante por la tarde así que aproveché la mañana: me encerré en la pieza para no molestar a nadie ni molestarme con nada, para simplemente gruñir solo. Luego me comí un chocolate - creo que orgánicamente lo necesitaba -, recé, almorcé y me dediqué a leer La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez (Colombia, 1928), publicada en 1955.
            Y me subió el ánimo.
            Tal como el bajón, el cambió de ánimo se lo atribuyó a la suma de todos los factores mencionados (por eso los nombré todos, si no, no habría sido tan empalagoso), pero como estos apuntes han sido más que nada literarios - escribo de todo un poco, pero siempre de libros – me referiré sólo al texto.
            Entre paréntesis: Me da un poco de susto hacer un comentario sobre García Márquez. No solo por los límites que la interpretación supone en sí misma (posibilidad de caer en la arbitrariedad, sofocar al texto, etc.) sino por las reflexiones del propio García Márquez sobre el tema. Al leer un fragmento de un libro-entrevista a García Márquez, El olor de la guayaba, leí que le provocaban mucha curiosidad las interpretaciones que se le daban a las mariposas amarillas que rodean a Mauricio Babilonia en Cien años de soledad, porque él se inspiró en una persona real a quien por lo general lo rodeaban – me parece – polillas. Nada más.  Es la idea que desarrolla más allá, y de manera vehemente, en su discurso de aceptación del Premio Nobel: que si observamos la historia de nuestro continente veremos que la literatura latinoamericana es expresión de una realidad descomunal: “Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.”
            Esclarecido esto, ¿qué decir ahora de La hojarasca? Dos cosas, una sobre el fondo y otra sobre la forma.
            La anécdota – un viejo suicida a quien nadie en el pueblo quería enterrar - era una de las cosas que más me perturbaba porque tenía a la vista las apreciaciones que del mismo García Márquez que acabo de compartir. Es decir, me imaginaba perfectamente que en un pueblo latinoamericano, alguna vez, la gente se haya negado a enterrar a alguien por rencor. ¿Por qué no? El domingo mi papá me contó la historia de un pueblo en Argentina que hace un par de años quemó la oficina del Servicio de Impuestos del lugar. ¡Hace un par de años, ya entrado el siglo XXI! Lo que quiero decir es que consiento perfectamente la idea de Gabo de que la imaginación no es la primera fuente de inspiración para su literatura, ni siquiera para Cien años de soledad; son más bien las cosas que pasan. Si vamos a Vivir para contarla – sus memorias – vemos que La hojarasca nació como un relato sobre un sobreviviente de la guerra de 1928. La reescritura lo hizo mutar a lo que terminó siendo, un relato a tres voces sobre las costumbres de un pueblo, para favorecer así a una “verdad poética”. A propósito de esto recuerdo otro discurso, esta vez de Javier Marías al recibir el Premio Rómulo Gallegos, quien dice que a lo mejor no sea justo decir “que la novela relata lo que no ha sucedido. Quizá ocurra más bien que las novelas suceden por el hecho de existir y ser leídas y, bien mirado, al cabo del tiempo tiene más realidad Don Quijote que ninguno de sus contemporáneos históricos del siglo XVII…”    
            Y sobre la forma, solo que está muy cuidada. En la parte dedicada a García Márquez en Letras del continente mestizo (1967) de Mario Benedetti, el uruguayo dice que La hojarasca posee un “sistema contrapuntístico”, refiriéndose al uso de tres perspectivas narrativas para un mismo hecho.  El propio García Márquez en Vivir para contarla dice que durante la escritura de La hojarasca se interesaba más por la técnica que por el tema, pero al mismo tiempo, en una entrevista a Rita Guibert publicada en 7 voces (1974), dice que La hojarasca “Es el [libro] más espontáneo, el que está escrito con más dificultades, con menos recursos técnicos. Sabía entonces menos astucias, menos porquerías de escri­tor. Es un libro que lo encuentro bastante torpe, bastante inde­fenso, pero completamente espontáneo y de una sinceridad tan bruta que ya no la tienen los demás. Yo sé hasta qué punto La hojarasca sale de las tripas al papel. Los demás también salen de las tripas, pero ya hay un aprendizaje..., se los elabora, se los cocina, se les echa sal y pimienta”. Todo esto lo sintetiza Benedetti de la siguiente manera: “En La hojarasca, García Márquez todavía no tiene la mano segura que escribirá los mejores cuentos y El coronel. Todavía se nota el implacable trazado de zonas,  la excesiva preocupación por los cruces peripécicos, cierta intención de distanciamiento que, en algunos capítulos, desvitaliza a los personajes. Aun con tales descuentos, no deben ser muchos los escritores latinoamericanos que hayan inaugurado su carrera literaria con un libro tan bien estructurado, tan austeramente escrito y tan artísticamente válido”.
            Y para un lector en aprendizaje como uno no está nada mal.
            Ahora puedo identificar más claramente qué fue lo que me levantó el ánimo, junto con el chocolate, la oración y el almuerzo: una historia verdadera y una novela bien cuidada. Personalmente, no le pido más a un libro.